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Kobukan Kobudō Renmei no es para todo el mundo, y eso está bien

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15 sept 2026, 06:18

Cuando digo que Kobukan Kobudō Renmei no es para todo el mundo, no estoy diciendo que haya que poseer unas cualidades físicas extraordinarias, haber practicado artes marciales desde niño o demostrar algún tipo de capacidad especial antes de poder entrar en un dōjō, porque una persona sin experiencia previa puede comenzar perfectamente su camino y aprender desde los fundamentos si tiene voluntad de hacerlo.

Tampoco estoy diciendo que exista un grupo de personas que merezca aprender y otro que no, porque una enseñanza marcial seria debería estar abierta a quien se acerque con respeto, constancia y disposición para aprender.

Lo que quiero decir es algo diferente.

Kobukan no es necesariamente adecuado para todo aquello que una persona puede estar buscando cuando decide practicar artes marciales, porque existen muchas razones diferentes para entrar en un dōjō y no todas ellas coinciden con el tipo de camino que nosotros ofrecemos.

Hay personas que buscan principalmente competición, otras quieren hacer ejercicio, algunas desean aprender unas cuantas técnicas de defensa personal en poco tiempo, otras buscan una actividad social, mientras que también existen quienes quieren avanzar rápidamente de grado, acumular cinturones o encontrar un sistema donde cada clase proporcione continuamente algo nuevo.

Nada de eso convierte a una persona en mejor o peor.

Simplemente significa que quizá está buscando otra cosa.

Kobukan Kobudō exige tiempo, paciencia, repetición, disciplina y una disposición bastante particular hacia el aprendizaje, porque aquí no intentamos adaptar constantemente el arte para que el alumno nunca se aburra, sino ayudar al alumno a desarrollar la profundidad suficiente para comprender aquello que al principio solamente puede imitar.

Y eso, en mi experiencia, no interesa a todo el mundo.

Si necesitas resultados rápidos, probablemente te costará entender este camino

Vivimos acostumbrados a obtener resultados con rapidez, y esa mentalidad termina entrando inevitablemente en el dōjō.

Una persona comienza a entrenar y, después de unas pocas semanas, quiere saber cuándo podrá defenderse, cuándo aprenderá las técnicas avanzadas, cuándo utilizará determinadas armas o cuánto tiempo necesita para alcanzar cierto grado.

Comprendo estas preguntas, porque cuando empezamos algo nuevo necesitamos referencias para saber hacia dónde vamos, pero existe una diferencia importante entre querer comprender nuestro camino y querer reducirlo todo a un calendario.

Las artes marciales tradicionales no funcionan demasiado bien de esa manera.

Podemos enseñar una técnica en pocos minutos, pero comprenderla puede requerir años.

Podemos mostrar una postura durante la primera clase, pero conseguir que esa postura aparezca naturalmente cuando alguien nos desequilibra necesita muchísimo más tiempo.

Podemos explicar tai sabaki una tarde y continuar corrigiéndolo veinte años después.

El problema no está en que la enseñanza sea deliberadamente complicada, sino en que el cuerpo aprende de manera diferente a la mente.

Una explicación puede comprenderse inmediatamente, mientras que transformar esa explicación en una capacidad física estable requiere repetición, corrección y experiencia.

Por eso una persona que necesita comprobar constantemente que está avanzando mediante novedades visibles puede sentirse frustrada dentro de una práctica tradicional.

Habrá ocasiones en las que dedicaremos mucho tiempo a algo que aparentemente ya conocemos, porque conocer la secuencia y comprender el principio son cosas completamente distintas.

Un alumno puede saber realizar un movimiento y, sin embargo, continuar utilizándolo mal.

Puede recordar todos los pasos de un kata y todavía no comprender su distancia.

Puede conocer una proyección y depender excesivamente de la fuerza.

Puede ejecutar una técnica con fluidez mientras uke coopera y perderla completamente cuando aparece resistencia.

Es precisamente en ese espacio donde comienza el trabajo realmente interesante.

Tienes que aceptar que repetirás cosas que ya creías saber

Hay una frase que escuchamos algunas veces en artes marciales y que siempre debería preocuparnos: «Eso ya lo sé».

Normalmente, cuanto más tiempo lleva una persona practicando, menos facilidad tiene para decirla.

Un principiante aprende una técnica y piensa que ya la conoce porque puede reproducir sus movimientos, mientras que alguien con muchos años de experiencia sabe que regresar a algo aparentemente básico puede revelar detalles que anteriormente ni siquiera había sido capaz de percibir.

En Kobukan repetimos porque la repetición no consiste simplemente en hacer muchas veces lo mismo.

Si estamos realmente atentos, cada repetición nos permite observar algo.

Quizá nuestra posición cambia ligeramente.

Quizá descubrimos que nuestra cadera entra demasiado tarde.

Quizá entendemos que estábamos intentando controlar el brazo de uke cuando lo verdaderamente importante era su estructura.

Quizá después de años realizando un determinado movimiento comprendemos por fin por qué se ejecuta desde ese ángulo y no desde otro.

Esa es una de las grandes diferencias entre repetir mecánicamente y estudiar.

Quien necesita recibir continuamente técnicas nuevas para sentir que está aprendiendo puede interpretar este proceso como monotonía, mientras que quien empieza a desarrollar una mirada más profunda descubre exactamente lo contrario, porque una misma técnica puede convertirse en una fuente de estudio durante años.

En un dōjō tradicional no deberíamos medir nuestro progreso por la cantidad de técnicas que hemos visto.

Deberíamos observar cuánto hemos cambiado al realizar aquellas que ya conocemos.

También tienes que aceptar que el instructor te corrija

Esto parece evidente, pero en realidad puede resultar mucho más difícil de lo que pensamos.

Todos queremos aprender, pero no siempre nos gusta descubrir que aquello que creemos hacer bien todavía necesita corrección.

Cuando un instructor modifica repetidamente nuestra postura, nuestra distancia o nuestra forma de desplazarnos, podemos reaccionar de dos maneras muy diferentes.

Podemos pensar que esa corrección es una oportunidad para mejorar o podemos interpretarla como una crítica personal.

Si elegimos lo segundo, el aprendizaje se vuelve muy difícil.

En el dōjō no corrijo a un alumno para demostrar que sé más que él, del mismo modo que tampoco espero que un estudiante avanzado acepte ciegamente cualquier cosa sin intentar comprenderla.

Corrijo porque veo algo que en ese momento él quizá todavía no puede sentir.

A veces tendré que corregir exactamente lo mismo muchas veces.

No porque el alumno no esté escuchando necesariamente, sino porque existe una enorme diferencia entre saber intelectualmente que los hombros deben permanecer relajados y conseguir que realmente permanezcan así cuando alguien nos agarra con fuerza.

El cuerpo vuelve constantemente a sus costumbres.

Nuestra tarea consiste en educarlo.

Para hacerlo necesitamos cierta humildad.

No una humildad teatral en la que el alumno simplemente baja la cabeza ante todo aquello que dice el instructor, sino una actitud mucho más útil en la que somos capaces de reconocer que todavía existe algo que podemos aprender.

Una persona que necesita tener siempre razón encontrará este proceso incómodo.

Una persona que considera cada corrección como una amenaza a su grado o a sus años de experiencia probablemente tendrá todavía más dificultades.

El cinturón no puede ser la razón principal para entrenar

Los grados cumplen una función.

Permiten ordenar determinadas etapas del aprendizaje, reconocer un nivel técnico y establecer responsabilidades dentro de la enseñanza, pero empiezan a convertirse en un problema cuando el practicante deja de utilizarlos como una referencia y empieza a utilizarlos como una medida de su propio valor.

He visto durante muchos años cómo algunas personas se preocupan mucho más por cuándo van a examinarse que por aquello que todavía necesitan aprender antes del examen.

Cuando sucede esto, algo ha cambiado.

El objetivo deja de ser mejorar y pasa a ser ascender.

Entonces comenzamos a entrenar para superar pruebas en lugar de entrenar para transformar nuestro taijutsu.

Dentro de Kobukan existe una progresión clara porque necesitamos unos fundamentos comunes antes de avanzar hacia trabajos más complejos, y precisamente por eso no considero que tenga sentido correr.

Si una persona necesita alcanzar rápidamente un cinturón negro para sentirse reconocida, probablemente no disfrutará demasiado del camino.

El cinturón negro tampoco representa haber terminado.

En muchos sentidos ocurre exactamente lo contrario, porque después de aprender los fundamentos disponemos por fin de las herramientas necesarias para comenzar a estudiar con mayor profundidad las ryūha y comprender mejor aquello que hemos estado construyendo durante los grados anteriores.

Por eso siempre digo que el grado debería seguir a la capacidad y no la capacidad perseguir al grado.

Cuando el alumno entrena bien, progresa.

Cuando persigue únicamente el siguiente grado, muchas veces empieza a pasar por encima precisamente de aquello que necesitará después.

Si necesitas ganar constantemente, tampoco será fácil

En Kobukan trabajamos con compañeros, no con adversarios a los que tengamos que demostrar continuamente nuestra superioridad.

Esto no significa que el entrenamiento tenga que ser blando ni que uke deba permitirnos hacer cualquier cosa.

Al contrario, conforme progresamos necesitamos resistencia, incertidumbre y compañeros capaces de mostrarnos nuestros errores.

Pero existe una enorme diferencia entre ofrecer resistencia para ayudar al otro a aprender y resistir simplemente porque no queremos que consiga realizar una técnica sobre nosotros.

El ego puede esconderse muy bien dentro del entrenamiento.

A veces aparece cuando alguien utiliza demasiada fuerza contra un compañero menos experimentado.

Otras veces surge cuando una persona se niega a dejar que una técnica funcione aun después de que se haya producido correctamente, simplemente porque no quiere «perder».

También puede aparecer cuando alguien solamente quiere entrenar con los alumnos avanzados porque considera que trabajar con principiantes está por debajo de su nivel.

Todo esto termina limitando el aprendizaje.

El buen practicante tiene que ser capaz de trabajar con personas diferentes y obtener algo de cada situación.

Con un principiante quizá tendrá que aprender control, precisión y responsabilidad.

Con una persona de su mismo nivel podrá investigar bajo condiciones más exigentes.

Con alguien más avanzado descubrirá rápidamente sus propios límites.

No necesitamos ganar ninguna de esas situaciones.

Necesitamos aprender de ellas.

Si cada intercambio se convierte en una demostración de estatus, dejamos de estudiar Kobudō y empezamos a alimentar exactamente aquello que deberíamos aprender a controlar.

No todas las clases van a ser emocionantes

Esto también es importante decirlo porque existe una tendencia a presentar las artes marciales como una sucesión constante de experiencias intensas.

No funciona así.

Habrá clases extraordinarias en las que algo que llevábamos mucho tiempo intentando comprender finalmente encaje y sintamos que hemos dado un paso importante.

También habrá entrenamientos en los que repetiremos desplazamientos, ukemi, kamae o una técnica aparentemente sencilla durante gran parte de la sesión.

Habrá días en los que nuestro cuerpo responda bien y otros en los que parezca que hemos olvidado todo aquello que sabíamos.

Esa irregularidad forma parte del proceso.

Una disciplina tradicional no puede depender de que cada clase consiga entretenernos.

Si necesitamos estímulos nuevos continuamente para mantener el interés, probablemente terminaremos abandonando en cuanto aparezca una etapa en la que el progreso deje de ser evidente.

La constancia se demuestra precisamente entonces.

Es fácil entrenar cuando estamos motivados.

Lo difícil, y muchas veces lo que realmente construye al practicante, es presentarse en el dōjō cuando no sentimos una motivación especial y realizar con atención aquello que corresponde hacer.

Con los años aprendemos que no siempre entrenamos porque tenemos ganas.

Muchas veces tenemos ganas porque hemos entrenado.

Kobukan tampoco es un lugar para construir personajes

Las artes marciales japonesas atraen inevitablemente cierta fascinación por su historia, sus armas, los samurái, los shinobi y muchos otros elementos culturales que forman parte de su entorno histórico.

No veo nada negativo en sentir curiosidad por todo ello.

El problema comienza cuando alguien viene buscando convertirse en un personaje.

Nosotros entrenamos artes marciales.

No estamos representando una fantasía.

No necesitamos comportarnos como si viviéramos en el Japón feudal, utilizar un lenguaje misterioso para aquello que puede explicarse claramente ni rodear cada técnica de secretos innecesarios para hacerla parecer más importante.

Una tradición puede ser profunda sin necesidad de convertirla en algo esotérico.

De hecho, cuanto más estudiamos, más importante se vuelve distinguir aquello que sabemos de aquello que simplemente queremos creer.

Dentro del dōjō prefiero un alumno que reconoce sinceramente que todavía no comprende una técnica que otro que repite explicaciones grandiosas sobre conceptos que todavía no es capaz de mostrar con su propio cuerpo.

La práctica tiene una manera muy sencilla de devolvernos constantemente a la realidad.

Podemos hablar durante una hora sobre kuzushi, pero tarde o temprano tendremos que intentar romper el equilibrio de alguien.

Podemos explicar la importancia de maai, pero después tendremos que demostrar que sabemos mantenerlo cuando el compañero se mueve.

Podemos hablar sobre relajación, pero después veremos si nuestros hombros permanecen realmente relajados cuando aparece resistencia.

Eso mantiene el entrenamiento honesto.

Si solamente buscas defensa personal rápida, existen caminos más cortos

Kobukan puede proporcionar herramientas muy valiosas para la defensa personal, y ya he explicado muchas veces por qué considero que el trabajo de distancia, desplazamiento, golpes, controles, proyecciones, ukemi, trabajo bajo resistencia y armas tradicionales puede desarrollar capacidades muy interesantes.

Sin embargo, si una persona solamente quiere aprender en pocas semanas unas respuestas básicas para situaciones determinadas, probablemente no necesita estudiar una tradición marcial completa.

Puede realizar un curso específico orientado a ese objetivo y obtener información útil.

Nuestro camino es mucho más largo porque estamos intentando desarrollar algo que va bastante más allá de recordar unas pocas respuestas.

Queremos transformar progresivamente la manera en que el practicante se mueve, percibe la distancia, utiliza su estructura y responde cuando la situación cambia.

Eso requiere años.

No significa que haya que esperar años antes de obtener ningún beneficio, porque desde los primeros meses pueden aparecer mejoras claras en equilibrio, movilidad, coordinación y comprensión del espacio, pero existe una diferencia enorme entre obtener beneficios tempranos y dominar aquello que estamos estudiando.

Quien busca únicamente resultados inmediatos puede sentir que dedicamos demasiado tiempo a fundamentos.

Quien comprende para qué sirven esos fundamentos empieza a entender que precisamente gracias a ellos podremos avanzar después sin construir todo sobre una base débil.

Si solamente quieres hacer ejercicio, quizá tampoco sea suficiente

El entrenamiento puede ser físicamente exigente y naturalmente mejora muchas capacidades, pero nunca he considerado que su finalidad principal sea sustituir un gimnasio.

Durante una clase necesitamos prestar atención a aspectos que no se miden simplemente mediante calorías gastadas o fatiga acumulada.

Podemos terminar una sesión menos agotados que después de correr una hora y haber aprendido muchísimo más desde el punto de vista marcial.

También puede ocurrir lo contrario.

Un entrenamiento intenso físicamente no es necesariamente un buen entrenamiento.

Si el cansancio empieza a destruir la postura, la distancia y la calidad del movimiento, llega un momento en que debemos preguntarnos qué estamos intentando desarrollar.

La condición física importa y no debemos fingir lo contrario, porque la fuerza, la movilidad, la resistencia y la coordinación influyen en nuestra capacidad para entrenar y aplicar aquello que sabemos.

Sin embargo, Kobudō no consiste simplemente en cansarnos.

La dificultad debe tener una finalidad.

Tienes que aceptar que la tradición impone límites a nuestra libertad

Este es quizá uno de los puntos que más cuesta comprender a quienes vienen de entornos donde cada practicante crea rápidamente su propia interpretación.

Cuando estudiamos una ryūha no empezamos preguntándonos cómo preferiríamos realizar una técnica.

Primero intentamos aprender aquello que nos ha sido transmitido.

Esto requiere cierta disciplina intelectual y física porque habrá ocasiones en las que una forma no coincida con nuestras preferencias personales.

Quizá nos parezca más cómodo colocar el pie de otra manera.

Quizá pensemos que una entrada diferente sería más rápida.

Quizá conozcamos otra técnica que solucionaríamos de otra forma.

Todo eso puede ser cierto y, aun así, no responde a la pregunta que estamos estudiando.

Si estoy enseñando un kata concreto, quiero que el alumno comprenda ese kata antes de modificarlo.

Primero debemos aprender el idioma antes de decidir que preferimos cambiar su gramática.

Cuando existe suficiente comprensión podemos investigar aplicaciones, variaciones y relaciones con otras situaciones, pero si modificamos desde el principio todo aquello que no entendemos, terminaremos conservando únicamente aquello que ya sabíamos antes de comenzar.

La tradición exige que durante un tiempo suspendamos nuestra necesidad de corregirla y nos permitamos descubrir qué intenta enseñarnos.

Esto no significa obediencia ciega.

Significa estudiar antes de juzgar.

También debes aceptar que algunas respuestas tardarán años en llegar

Hay preguntas marciales que pueden responderse verbalmente y otras que solamente pueden comprenderse después de haber acumulado suficiente experiencia física.

Un alumno puede preguntarme por qué un determinado kamae coloca el cuerpo de cierta manera y yo puedo ofrecer una explicación técnica, pero es posible que hasta años después, cuando haya trabajado aquella posición frente a compañeros diferentes y bajo distintos grados de presión, no comprenda realmente la respuesta.

En nuestra sociedad existe cierta incomodidad ante aquello que no puede resolverse inmediatamente.

Queremos saber por qué.

Queremos una explicación clara.

Queremos entenderlo ahora.

En el dōjō tenemos que acostumbrarnos también a otra posibilidad: algunas cosas deben practicarse durante bastante tiempo antes de que la pregunta pueda formularse correctamente.

Esto no significa utilizar el misterio como excusa para una mala enseñanza.

Un instructor debería explicar todo aquello que pueda explicar.

Pero también debe ser honesto cuando sabe que determinadas sensaciones corporales no pueden entregarse mediante palabras.

Puedo explicar kuzushi.

No puedo sentirlo por ti.

Puedo mostrarte maai.

No puedo acumular por ti las miles de interacciones necesarias para reconocerlo intuitivamente.

Ese trabajo pertenece al alumno.

La edad no es el verdadero problema; la actitud muchas veces sí

Con frecuencia una persona pregunta si es demasiado mayor para comenzar y, salvo circunstancias médicas o físicas particulares que deban tenerse en cuenta, la pregunta que me interesa más no es únicamente cuántos años tiene, sino cómo está dispuesta a entrenar.

Una persona madura que comprende sus límites, escucha, trabaja con constancia y acepta progresar gradualmente puede construir una práctica excelente.

Alguien mucho más joven que intenta demostrar continuamente su capacidad, ignora correcciones y utiliza fuerza para resolver cualquier problema puede avanzar mucho menos de lo que su condición física permitiría.

Naturalmente debemos adaptar determinadas exigencias al cuerpo que tenemos.

No entrenamos a los veinte años exactamente igual que a los sesenta, porque sería absurdo fingir que nada cambia.

Pero adaptar no significa renunciar a aprender.

Una de las ventajas de un arte tradicional bien enseñado es precisamente que podemos seguir profundizando durante décadas, porque no todo depende de velocidad, fuerza o capacidad atlética.

Con el tiempo otras cualidades adquieren cada vez más importancia: percepción, timing, estructura, economía de movimiento, distancia y capacidad para reconocer aquello que está ocurriendo antes de necesitar una respuesta física extrema.

Por eso muchas veces el verdadero obstáculo no es la edad.

Es la impaciencia.

Tienes que aprender a ser responsable de tu compañero

El dōjō no puede funcionar si cada persona entrena únicamente pensando en sí misma.

Cuando aplicamos una luxación, realizamos una proyección, utilizamos un arma o trabajamos bajo resistencia tenemos en nuestras manos, de manera bastante literal, la seguridad de nuestro compañero.

Esto exige control.

No puedo aceptar que alguien justifique una lesión diciendo que estaba intentando hacer la técnica de manera realista.

El realismo sin control se convierte muy rápidamente en irresponsabilidad.

Nuestro compañero nos presta su cuerpo para que podamos aprender.

Nos permite trabajar sobre sus articulaciones.

Nos permite proyectarlo.

Nos ataca con suficiente intención para que podamos estudiar una respuesta.

A cambio, nosotros tenemos la obligación de protegerlo dentro de los límites razonables del entrenamiento.

Cuanto más avanzado es un alumno, mayor debería ser esa capacidad.

Un grado elevado no debería significar solamente que podemos realizar técnicas más complejas.

Debería significar que podemos realizarlas con más control.

Si alguien disfruta haciendo daño a compañeros menos experimentados o necesita demostrar continuamente su dureza, no considero que ese comportamiento tenga lugar dentro del tipo de dōjō que intento construir.

También tendrás que entrenar con personas que no escogerías como amigos

Esto forma parte del aprendizaje y se menciona pocas veces.

En un dōjō encontramos personas de edades, profesiones, caracteres y experiencias muy diferentes.

Naturalmente desarrollaremos mayor afinidad con unas que con otras, pero durante el entrenamiento necesitamos aprender a trabajar correctamente con todos nuestros compañeros.

No necesitamos convertirnos en amigos íntimos.

Necesitamos respeto.

Entrenar siempre con la misma persona porque conocemos sus movimientos y nos sentimos cómodos limita enormemente nuestro aprendizaje.

Cada cuerpo plantea problemas diferentes.

Una persona alta modifica nuestras distancias.

Una persona baja nos obliga a ajustar posiciones.

Alguien pesado nos muestra rápidamente si dependemos de la fuerza.

Un practicante muy flexible cambia determinadas sensaciones.

Un principiante se mueve de manera diferente a alguien que conoce perfectamente nuestros patrones.

Todo eso nos enseña.

Incluso las personas con las que nos resulta más difícil trabajar pueden convertirse en maestros importantes si sabemos observar qué nos obligan a mejorar.

Kobukan tampoco sirve para quien quiere mezclarlo todo desde el primer día

Conocer otras artes marciales puede ser una ventaja extraordinaria, pero también puede convertirse en un obstáculo cuando somos incapaces de dejar temporalmente a un lado aquello que ya sabemos.

Una persona con experiencia previa suele intentar interpretar inmediatamente cada técnica mediante las categorías de su sistema anterior.

Es natural.

El problema aparece cuando, en lugar de aprender el movimiento que estamos estudiando, lo sustituye automáticamente por aquello que le resulta más familiar.

Entonces puede pasar años entrenando Kobukan sin permitir realmente que Kobukan modifique su manera de moverse.

No necesitamos olvidar nuestra experiencia.

Necesitamos ser capaces de guardar momentáneamente nuestras herramientas para aprender otras.

Más adelante podremos comparar.

Podremos comprender similitudes.

Podremos descubrir diferencias.

Pero una comparación solamente tiene valor cuando conocemos suficientemente bien las dos cosas que estamos comparando.

La mente del principiante no significa no saber nada.

Significa ser capaz de aprender incluso cuando creemos saber bastante.

Si buscas certezas absolutas, las artes marciales terminarán decepcionándote

Cuantos más años entrenamos, más cuidadosos deberíamos volvernos con afirmaciones como «esta técnica siempre funciona», «esta defensa es imposible de superar» o «si haces esto el adversario reaccionará de aquella manera».

Las personas no son máquinas.

Los cuerpos son diferentes.

Las circunstancias cambian.

Una técnica excelente puede fallar.

Una entrada correcta puede llegar tarde.

Un adversario puede reaccionar de una manera completamente distinta de la esperada.

Esto no significa que todo sea relativo ni que las técnicas carezcan de valor.

Significa que debemos aprender principios sólidos sin convertirlos en promesas absolutas.

Kobukan no debería proporcionar falsa seguridad.

Debería hacer exactamente lo contrario.

Conforme aprendemos más, deberíamos comprender mejor todo aquello que puede salir mal y adquirir una visión cada vez más realista de nuestras propias capacidades.

Para algunas personas esto resulta menos atractivo que escuchar que después de determinado curso podrán defenderse frente a cualquier agresión.

Yo prefiero una verdad incómoda a una confianza construida sobre una fantasía.

Entonces, ¿para quién es Kobukan Kobudō Renmei?

Para una persona que acepta que aprender necesita tiempo.

Para alguien que comprende que repetir no significa estancarse.

Para quien puede recibir una corrección sin convertirla en una ofensa.

Para quien quiere aprender una tradición antes de intentar modificarla.

Para alguien dispuesto a entrenar con compañeros diferentes y cuidar de ellos.

Para quien entiende que un grado debe representar aquello que realmente puede hacer y no simplemente los años que lleva inscrito.

Para una persona que quiere desarrollar técnica sin alimentar constantemente su ego y que es capaz de reconocer que siempre habrá algo que todavía necesita estudiar.

Pero incluso estas palabras pueden ser engañosas si las convertimos en una especie de lista de virtudes que uno debe poseer antes de comenzar.

Nadie llega al dōjō siendo el alumno perfecto.

Todos somos impacientes en algún momento.

Todos utilizamos demasiada fuerza.

Todos nos frustramos.

Todos queremos progresar más rápido.

Todos tenemos ego.

La cuestión no es entrar en el dōjō habiendo superado ya estas cosas.

La cuestión es estar dispuesto a trabajar sobre ellas.

Ahí se encuentra la diferencia.

No buscamos alumnos perfectos

Cuando digo que Kobukan no es para todo el mundo, no quiero crear una imagen de una organización cerrada reservada para una especie de élite marcial.

Sería exactamente lo contrario de aquello que quiero expresar.

No necesito que alguien llegue siendo fuerte.

Podemos trabajar su estructura.

No necesito que sea flexible.

Podemos mejorar su movilidad dentro de sus posibilidades.

No necesito experiencia previa.

Podemos empezar desde el principio.

No necesito que conozca términos japoneses ni que sepa realizar ukemi el primer día.

Para eso viene a aprender.

Lo que resulta mucho más difícil enseñar es la voluntad de escuchar cuando algo no coincide con aquello que queremos oír, la paciencia necesaria para repetir durante meses aquello que todavía no dominamos y la capacidad de aceptar que nadie nos debe un grado simplemente porque haya transcurrido suficiente tiempo.

Esas cualidades también pueden desarrollarse, pero la persona tiene que permitirlo.

Un dōjō tampoco debería intentar retener a todo el mundo

Creo que los instructores debemos aceptar algo que comercialmente puede parecer extraño: no todas las personas que entran por la puerta tienen que quedarse.

Naturalmente quiero que quien comienza encuentre valor en lo que enseñamos y disfrute de su entrenamiento, pero no considero saludable modificar continuamente la esencia de la práctica simplemente para evitar que alguien se marche.

Si una persona descubre después de unas clases que prefiere una disciplina competitiva, no existe ningún problema.

Si quiere un entrenamiento centrado principalmente en condición física, encontrará actividades excelentes para ello.

Si busca únicamente aprender algunas respuestas básicas de defensa personal, puede elegir una formación mucho más específica.

Las artes marciales son suficientemente amplias para que cada persona encuentre aquello que corresponde mejor a sus intereses.

El error sería convencer a todo el mundo de que Kobukan es exactamente aquello que está buscando.

No lo es.

Y no necesita serlo.

La persona adecuada no es necesariamente la más fuerte ni la más disciplinada al comenzar

A veces el alumno que inicialmente parece menos preparado termina recorriendo un camino mucho más largo que aquel que llega con grandes condiciones físicas y mucha experiencia.

He visto personas con dificultades de coordinación desarrollar un taijutsu excelente porque tenían paciencia.

He visto personas físicamente fuertes descubrir que debían aprender a utilizar mucha menos fuerza.

He visto alumnos inseguros adquirir confianza sin convertirse por ello en personas arrogantes.

Ese proceso me interesa mucho más que seleccionar solamente a quienes ya muestran facilidad.

Kobudō tiene sentido precisamente porque nos transforma.

Si solamente aceptáramos a quienes ya poseen todas las cualidades que pretendemos desarrollar, el entrenamiento serviría de muy poco.

Por eso la pregunta correcta no es si alguien es suficientemente bueno para Kobukan.

La pregunta es si está dispuesto a recorrer el camino que Kobukan le propone.

Por eso Kobukan no es para todo el mundo

No es para todo el mundo porque no todo el mundo quiere dedicar años a una práctica cuyos resultados más importantes muchas veces aparecen lentamente.

No es para todo el mundo porque algunas personas necesitan competición y nosotros no construimos nuestra enseñanza alrededor de ganar torneos.

No es para todo el mundo porque repetir fundamentos puede resultar frustrante para quien necesita novedades constantes.

No es para todo el mundo porque aceptar correcciones exige abandonar, al menos durante un momento, la necesidad de tener razón.

No es para todo el mundo porque el grado no puede sustituir a la capacidad y porque el tiempo transcurrido por sí solo no debería convertirse en una garantía de progreso.

No es para todo el mundo porque estudiar una tradición implica respetar aquello que recibimos antes de comenzar a modificarlo según nuestras preferencias.

Y tampoco es para todo el mundo porque entrenar con otra persona exige responsabilidad, control y una voluntad sincera de ayudarla a mejorar incluso cuando eso significa contener nuestra propia fuerza.

Pero precisamente por todo ello puede convertirse en algo muy valioso para quien encuentra sentido en esa forma de entrenamiento.

Con los años descubrimos que aquello que inicialmente parecía solamente una manera de aprender técnicas empieza a modificar nuestra forma de relacionarnos con el aprendizaje.

Aprendemos a tener paciencia.

Aprendemos a escuchar.

Aprendemos a aceptar que algunos días avanzamos y otros parece que retrocedemos.

Aprendemos que la fuerza puede ser útil pero no resuelve todos los problemas, que un grado tiene menos importancia que nuestra capacidad real y que un compañero que consigue mostrarnos nuestros errores nos está haciendo un favor.

También comprendemos que cuanto más aprendemos, menos necesitamos aparentar que sabemos.

Ese cambio no aparece después de tres meses ni después de conseguir un determinado cinturón.

Se construye lentamente.

Por eso nunca intentaría convencer a alguien de que tiene que practicar Kobukan Kobudō.

Prefiero explicar con claridad qué hacemos, cómo entrenamos y qué esperamos de quienes comparten el dōjō con nosotros.

Después cada persona debe decidir si ese camino tiene sentido para ella.

Si alguien quiere resultados rápidos, probablemente encontrará un lugar más adecuado.

Si necesita que cada entrenamiento sea diferente y espectacular, quizá nuestra manera de estudiar le parezca demasiado repetitiva.

Si quiere utilizar un grado para sentirse por encima de otros, probablemente terminará frustrándose.

Pero si comprende que aprender algo profundamente requiere tiempo, si está dispuesto a escuchar, corregir, repetir y volver a empezar tantas veces como sea necesario, entonces puede encontrar dentro de Kobukan un camino que podrá recorrer durante toda su vida.

No porque Kobukan sea mejor que todas las demás opciones.

Simplemente porque algunas personas descubren que esta manera de aprender es exactamente aquello que estaban buscando.

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