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¿Es Kobukan Kobudō un buen sistema para defensa personal?

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15 sept 2026, 05:54

Cuando alguien me pregunta si Kobukan Kobudō es un buen sistema para defensa personal, mi respuesta es que sí, puede proporcionar una preparación muy sólida, aunque inmediatamente añadiría algo que considero todavía más importante: practicar un arte marcial no convierte automáticamente a nadie en una persona preparada para resolver cualquier agresión que pueda producirse fuera del dōjō.

La defensa personal real es mucho menos ordenada que aquello que solemos practicar durante una clase, porque en el entrenamiento conocemos a nuestro compañero, sabemos que existe cierto control, disponemos de un espacio preparado y, en muchas ocasiones, conocemos de antemano el tipo de problema que vamos a estudiar. Fuera del dōjō puede ocurrir exactamente lo contrario, ya que una agresión puede comenzar sin aviso, desde una posición desfavorable, en un lugar estrecho, sobre un suelo irregular, con varias personas alrededor o en un momento en el que nuestra atención estaba completamente dirigida hacia otra cosa.

Además, nunca sabemos con absoluta certeza quién tenemos delante, qué intención real tiene esa persona, si lleva un arma, si está bajo los efectos del alcohol o de alguna droga, si actúa sola o si está dispuesta a llegar mucho más lejos de lo que inicialmente parece.

Por eso, cuando hablo de defensa personal con mis alumnos, intento que comprendan desde el principio que nuestro objetivo no consiste en ganar una pelea ni en demostrar que nuestras técnicas son superiores, sino en conseguir salir de una situación peligrosa con el menor daño posible.

Desde ese punto de vista, Kobukan puede ofrecer herramientas muy valiosas, porque durante años trabajamos postura, desplazamiento, equilibrio, distancia, golpeo, controles, proyecciones, escapes, luxaciones, inmovilizaciones, trabajo en el suelo y diferentes formas de utilizar el cuerpo frente a una persona que intenta alterar nuestra posición.

Sin embargo, la verdadera utilidad de todo ese trabajo no se encuentra en memorizar una gran cantidad de técnicas, sino en comprender los principios que permiten adaptarlas cuando aquello que sucede delante de nosotros no coincide exactamente con lo que habíamos practicado.

La defensa personal comienza mucho antes de que alguien nos toque

Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que la defensa personal empieza cuando alguien nos agarra, nos empuja o intenta golpearnos, cuando en realidad, si hemos llegado a ese punto, ya hemos perdido una parte importante de nuestras posibilidades.

Antes del contacto físico existen muchas decisiones.

Existe la distancia.

Existe nuestra posición respecto a la otra persona.

Existen las salidas.

Existen los obstáculos.

Existe la posibilidad de marcharnos.

Existe la posibilidad de no responder a una provocación.

Existe también nuestra capacidad para observar lo que ocurre alrededor y reconocer cuándo una situación aparentemente normal comienza a cambiar.

Todo esto forma parte de la defensa personal.

En muchas ocasiones, cruzar la calle, abandonar un lugar, no entrar en una discusión o mantener suficiente distancia respecto a alguien cuyo comportamiento empieza a preocuparnos puede tener muchísimo más valor que conocer una técnica especialmente sofisticada.

Esto puede parecer poco espectacular, pero la defensa personal nunca debería medirse por lo espectacular que resulta una respuesta.

La mejor defensa es aquella que resuelve el problema con el menor riesgo posible.

Si podemos evitar una confrontación, ya hemos solucionado el problema mejor que si necesitamos utilizar nuestras capacidades físicas.

Lo primero que necesitamos aprender es a utilizar nuestro cuerpo

Cuando una persona comienza a entrenar suele interesarse inmediatamente por las técnicas que parecen más efectivas: golpes, luxaciones, proyecciones o diferentes formas de controlar a otra persona.

Eso es normal, porque son las partes más visibles del entrenamiento, pero con los años uno comprende que ninguna de ellas tiene demasiado valor si no existe una base correcta debajo.

Por eso insistimos tanto en la postura, en el desplazamiento, en el equilibrio y en el uso coordinado del cuerpo.

Si una persona pierde fácilmente su propia estabilidad, resulta difícil que pueda controlar la de otra.

Si no sabe desplazarse, terminará intentando resolver los problemas únicamente con los brazos.

Si no comprende la distancia, llegará tarde o entrará demasiado pronto.

Si su cuerpo se vuelve completamente rígido cuando recibe presión, muchas de las técnicas que realiza correctamente durante un ejercicio tranquilo desaparecerán en cuanto la situación aumente de intensidad.

Para mí, esa formación corporal es una de las mayores aportaciones de Kobukan a la defensa personal, porque poco a poco el alumno aprende a organizarse mejor cuando existe contacto, presión, desequilibrio o movimiento.

No estamos buscando únicamente una colección de respuestas, sino una manera más eficiente de utilizar el cuerpo.

Tai sabaki y maai son fundamentales

Cuando enseño defensa personal dentro del trabajo habitual del dōjō, doy mucha importancia a dos aspectos que a veces el principiante considera secundarios: el desplazamiento y la distancia.

Si estamos en el lugar equivocado, cualquier técnica se vuelve más difícil.

Si estamos demasiado cerca cuando no deberíamos estarlo, podemos perder la capacidad de reaccionar.

Si estamos demasiado lejos cuando necesitamos intervenir, nuestra acción llegará tarde.

Por eso el maai no puede entenderse simplemente como una medida fija entre dos personas, porque cambia constantemente según la posición, la velocidad, la intención, la longitud de los brazos, la posibilidad de que exista un arma y muchos otros factores.

El tai sabaki tampoco consiste únicamente en apartarse de un ataque.

Lo que buscamos es modificar nuestra relación con la otra persona, intentando salir de una posición desfavorable y ocupar otra desde la cual podamos protegernos mejor, controlar el espacio o crear una posibilidad de escapar.

En ocasiones eso significará desplazarnos hacia fuera.

En otras tendremos que entrar.

Otras veces lo correcto será simplemente mantener distancia y no permitir que la situación llegue al contacto.

No existe una única respuesta válida para todas las circunstancias, y por eso debemos aprender a observar antes de actuar.

El golpeo tiene que entenderse dentro de una estrategia más amplia

Los atemi forman parte de nuestro entrenamiento, pero nunca me ha interesado enseñar el golpeo como si todo pudiera solucionarse intercambiando golpes con otra persona.

Golpear puede ser necesario, pero también puede servir para romper una estructura, provocar una reacción, crear espacio o preparar una salida.

Ese es el enfoque que considero más útil.

Una confrontación puede cambiar de distancia en una fracción de segundo, porque alguien puede comenzar empujándonos, después intentar agarrarnos, acercarse demasiado, golpearnos o hacernos caer.

Por esa razón necesitamos sentirnos razonablemente cómodos en distancias diferentes y comprender que una situación puede pasar de una a otra sin avisar.

Debemos saber golpear, pero también qué hacer cuando ya no existe espacio suficiente para hacerlo.

Debemos comprender controles y proyecciones, pero también reconocer cuándo intentar una técnica compleja supone permanecer demasiado tiempo junto al agresor.

En defensa personal no basta con preguntarnos si una técnica puede funcionar.

Tenemos que preguntarnos si merece la pena utilizarla en ese momento.

Los agarres deben trabajarse con resistencia progresiva

Aprender a liberarse de diferentes agarres tiene una utilidad evidente, pero la manera en que lo entrenamos resulta decisiva.

Al principio necesito que el alumno pueda comprender la mecánica del movimiento, porque si uke utiliza toda su fuerza desde la primera repetición probablemente el ejercicio se convertirá en una lucha de fuerza y el principiante no descubrirá aquello que estamos intentando enseñarle.

Sin embargo, una vez comprendido el principio, no podemos continuar trabajando eternamente con la misma cooperación.

El compañero debe empezar a agarrar con mayor intención, cambiar ligeramente el ángulo, tirar, empujar o intentar recuperar una posición favorable.

Entonces veremos si el alumno está utilizando realmente su cuerpo o si la técnica solamente funcionaba porque conocía exactamente la reacción de uke.

Este proceso debe hacerse con inteligencia, porque demasiada resistencia demasiado pronto destruye el aprendizaje, mientras que ninguna resistencia durante años puede crear una falsa sensación de seguridad.

La dificultad tiene que aumentar a medida que aumenta la capacidad del practicante.

El trabajo de control corporal tiene una aplicación evidente

Una agresión no siempre comienza con un golpe.

Una persona puede agarrarnos de la ropa, sujetarnos por los brazos, empujarnos contra una pared, intentar arrastrarnos, abrazarnos para impedir que nos movamos o controlar físicamente nuestra posición antes de realizar cualquier otra acción.

Por eso considero importante comprender el contacto corporal.

Las luxaciones, los desequilibrios, los controles y las proyecciones nos enseñan a trabajar cuando la distancia ha desaparecido y ya no podemos resolver el problema manteniéndonos simplemente fuera del alcance de la otra persona.

Sin embargo, debemos ser muy cuidadosos con una idea que aparece con frecuencia cuando se practica siempre con compañeros cooperativos: controlar una articulación de alguien que realmente intenta impedirlo es mucho más difícil de lo que puede parecer durante un kata.

Una persona que se mueve, gira, tira y utiliza todo su cuerpo no ofrece una articulación de la misma manera que un compañero que está ayudándonos a comprender una técnica.

Por eso debemos aprender primero la estructura y después probarla progresivamente bajo condiciones más exigentes.

Cuando una luxación no aparece con claridad, intentar forzarla suele ser una mala decisión.

A veces la resistencia de uke nos está diciendo que existe otra posibilidad más sencilla.

Tenemos que aprender a escuchar esa información.

Las proyecciones pueden ser muy eficaces, pero también muy peligrosas

Una buena proyección puede cambiar por completo una confrontación, especialmente cuando conseguimos romper la estructura de la otra persona manteniendo nosotros una posición estable, pero también debemos comprender que una caída fuera del dōjō no tiene las mismas consecuencias que una caída sobre tatami.

En la calle puede haber hormigón, escalones, bordillos, muebles, cristales o cualquier otra superficie capaz de convertir una proyección relativamente controlada en una lesión grave.

Esto significa que debemos comprender no solamente cómo proyectar, sino también las consecuencias de aquello que hacemos.

La defensa personal no nos concede libertad para utilizar cualquier técnica sin valorar lo que puede ocurrir después.

También por esta razón considero que ukemi tiene un valor mucho mayor del que muchas personas imaginan.

Aprender a caer, proteger la cabeza, distribuir el impacto y recuperar rápidamente una posición puede resultar extremadamente útil incluso en situaciones que no tienen nada que ver con una agresión.

Una persona puede tropezar, ser empujada, caer de una bicicleta o perder el equilibrio por cualquier otro motivo, y saber caer continúa siendo una forma de protegerse.

También debemos saber qué hacer si terminamos en el suelo

Hay personas que afirman que en defensa personal nunca debemos ir al suelo.

En principio estoy de acuerdo en que permanecer allí voluntariamente puede ser muy peligroso, especialmente si desconocemos cuántas personas hay alrededor, si existe la posibilidad de armas o si nos encontramos sobre una superficie complicada.

Pero decir simplemente que no debemos ir al suelo no evita que pueda ocurrir.

Podemos resbalar.

Podemos ser derribados.

Podemos caer encima de alguien.

Podemos terminar contra una pared y perder el equilibrio.

Por eso necesitamos comprender qué hacer si la situación termina allí.

No estoy diciendo que nuestro objetivo sea permanecer en el suelo intentando desarrollar un combate prolongado, sino que debemos ser capaces de protegernos, crear espacio, controlar temporalmente una posición si es necesario y buscar una oportunidad para volver a levantarnos.

En una situación defensiva, recuperar movilidad suele tener más valor que permanecer varios minutos intentando dominar a alguien en el suelo.

El trabajo con armas tradicionales también cambia nuestra manera de entender la distancia

Practicar bōjutsu, hanbōjutsu o kenjutsu no significa que una persona esté automáticamente preparada para enfrentarse a cualquier arma moderna, y sería irresponsable enseñar lo contrario.

Sin embargo, el trabajo con armas desarrolla una sensibilidad muy importante hacia el maai, el timing, los ángulos y las consecuencias de entrar mal.

Cuando entrenamos desarmados podemos permitirnos determinados errores que quizá solamente terminan en una técnica fallida.

Cuando existe un arma, comprendemos inmediatamente que una distancia incorrecta puede tener consecuencias mucho más serias.

Por eso el trabajo con armas puede enseñarnos algo que considero muy importante para la defensa personal: respeto por el peligro.

Si alguien tiene un cuchillo, no quiero que uno de mis alumnos piense que conoce una técnica que garantiza su seguridad.

No existe semejante garantía.

Incluso una persona muy experimentada puede resultar gravemente herida.

Si existe una posibilidad real de escapar, crear distancia, colocar un obstáculo o evitar el enfrentamiento, debemos valorar esas opciones con mucha más seriedad que cualquier técnica que conozcamos.

La práctica debería hacernos más prudentes frente a las armas, no más confiados.

Sin resistencia, una parte importante del aprendizaje queda incompleta

Todo lo que aprendemos inicialmente necesita un entorno donde podamos estudiar sin que el compañero intente impedir cada movimiento, pero llega un momento en que debemos descubrir qué ocurre cuando esa cooperación empieza a desaparecer.

Si una técnica funciona solamente cuando uke permanece exactamente donde esperamos, todavía necesitamos seguir trabajando.

Cuando introducimos resistencia descubrimos inmediatamente si nuestra postura es adecuada, si realmente estamos produciendo kuzushi, si utilizamos el cuerpo completo o si dependemos demasiado de la fuerza de los brazos.

También aprendemos algo todavía más importante: las técnicas pueden fallar.

Eso no debería preocuparnos.

Lo que debería preocuparnos es no saber qué hacer cuando fallan.

En una situación real no podemos detenernos porque nuestra primera intención no haya funcionado, y precisamente por eso el randori y otros ejercicios con una libertad progresivamente mayor tienen tanto valor.

Nos enseñan a abandonar una idea cuando ya no corresponde con la situación.

Nos enseñan a cambiar.

Nos obligan a observar.

Nos muestran que una técnica no es una obligación, sino una posibilidad.

Una técnica que falla puede enseñarnos más que una técnica que siempre funciona

Cuando un alumno realiza constantemente una técnica sobre un compañero que conoce perfectamente lo que va a ocurrir, puede llegar a creer que domina algo que todavía depende demasiado de la cooperación de uke.

En cambio, cuando intenta utilizar el mismo principio frente a alguien que empieza a recuperar su equilibrio, descubre inmediatamente dónde aparecen las dificultades.

Quizá entra demasiado tarde.

Quizá está intentando utilizar los brazos en lugar de todo el cuerpo.

Quizá su postura es correcta solamente mientras nadie ejerce presión.

Quizá la técnica ya no corresponde a la dirección que ha tomado el movimiento.

Todo esto constituye información extremadamente valiosa.

Cuando algo falla durante el entrenamiento, no necesitamos enfadarnos ni intentar demostrar que la técnica funciona.

Tenemos que estudiar por qué ha fallado.

Después volvemos al kihon o al kata, corregimos lo que hemos descubierto y volvemos a probarlo.

Para mí, esta relación entre estructura y prueba es fundamental.

La presión también revela nuestra forma de reaccionar

Una persona puede moverse con una enorme tranquilidad cuando conoce exactamente lo que va a ocurrir y, sin embargo, endurecer completamente el cuerpo cuando el compañero empieza a comportarse de una forma menos previsible.

Aparece tensión.

La respiración cambia.

Los hombros suben.

La visión se estrecha.

El alumno empieza a utilizar demasiada fuerza y deja de percibir detalles que unos segundos antes resultaban evidentes.

Por eso debemos aprender a trabajar bajo presión de manera progresiva.

No necesitamos convertir el entrenamiento en una situación caótica para conseguirlo.

Podemos aumentar una variable cada vez.

Podemos introducir incertidumbre manteniendo una velocidad moderada.

Podemos añadir resistencia sin permitir todavía todos los ataques.

Podemos cambiar las distancias.

Podemos comenzar desde posiciones menos cómodas.

Con el tiempo el alumno aprende a conservar una mayor parte de su taijutsu cuando las condiciones dejan de ser ideales.

Eso es muchísimo más importante para la defensa personal que aprender una nueva técnica cada semana.

La defensa personal no se aprende realmente en unas pocas semanas

Quiero ser especialmente claro con esto porque existe mucha publicidad que promete resultados que, desde mi experiencia, no son realistas.

Un curso corto puede ser útil.

Puede enseñar principios importantes.

Puede ayudar a reconocer determinados riesgos.

Puede mostrar cómo mantener distancia, cómo protegerse o cómo reaccionar frente a algunos problemas concretos.

Todo eso tiene valor.

Lo que no puede hacer un curso de unas semanas es proporcionar la misma capacidad que se desarrolla después de años entrenando regularmente con personas diferentes y bajo grados crecientes de resistencia.

Comprender una técnica intelectualmente no significa que nuestro cuerpo vaya a realizarla automáticamente cuando estamos sorprendidos, asustados y bajo presión.

Para desarrollar maai necesitamos repetir muchas veces.

Para aprender a caer necesitamos repetir muchas veces.

Para reconocer el equilibrio de diferentes personas necesitamos trabajar con cuerpos distintos.

Para acostumbrarnos a que alguien invada nuestro espacio necesitamos exposición progresiva.

Para aprender a controlar nuestra fuerza necesitamos tiempo.

No conozco ningún atajo serio para desarrollar estas capacidades.

Quien promete convertir a una persona sin experiencia en alguien completamente preparado para defenderse después de unas pocas sesiones está vendiendo una certeza que no puede garantizar.

La condición física también cuenta

Existe otra idea que debemos tratar con realismo: la técnica no elimina completamente la importancia del tamaño, la fuerza, la velocidad o la condición física.

Una técnica correcta puede ayudarnos a utilizar mejor nuestros recursos y puede permitirnos resolver determinadas situaciones utilizando menos fuerza, pero eso no significa que las diferencias físicas desaparezcan.

Si una persona pesa considerablemente más que nosotros, esa diferencia importa.

Si es mucho más fuerte, importa.

Si nosotros estamos agotados, también importa.

Por eso considero necesario mantener una condición física adecuada a nuestras posibilidades, nuestra edad y nuestra situación personal.

No necesitamos convertirnos en atletas de competición, pero sí necesitamos suficiente movilidad, equilibrio, coordinación, fuerza funcional y capacidad cardiovascular para que nuestro cuerpo continúe respondiendo cuando aumenta el esfuerzo.

La técnica tiene que vivir dentro de un cuerpo capaz de ejecutarla.

El miedo tampoco desaparece porque entrenemos durante muchos años

Una persona experimentada puede sentir miedo igual que cualquier otra.

La diferencia debería estar en su capacidad para continuar funcionando a pesar de sentirlo.

No debemos entrenar pensando que algún día seremos completamente inmunes a la presión, porque eso tampoco sería realista.

Lo que buscamos es acostumbrarnos progresivamente a trabajar con cierto nivel de incertidumbre, de modo que cuando las circunstancias dejan de ser cómodas no perdamos inmediatamente todo aquello que hemos aprendido.

La verdadera calma no consiste en no sentir nada.

Consiste en ser capaz de seguir observando y tomando decisiones cuando nuestro cuerpo preferiría reaccionar de manera completamente instintiva.

Este aprendizaje requiere tiempo y exposición progresiva.

Frente a varios agresores debemos abandonar cualquier fantasía

Cuando hablamos de más de un agresor, todavía debemos ser más prudentes.

No existe ninguna técnica ni ningún sistema que convierta una situación de inferioridad numérica en algo seguro.

Podemos aprender a movernos mejor.

Podemos intentar evitar quedar rodeados.

Podemos utilizar el entorno.

Podemos buscar una salida.

Podemos intentar colocar a una persona entre nosotros y las demás.

Todo esto puede aumentar nuestras posibilidades, pero la situación continúa siendo extremadamente peligrosa.

Por eso, frente a varios agresores, permanecer demasiado tiempo intentando controlar a una sola persona puede ser un error grave.

Una técnica que sería razonable frente a un solo adversario puede convertirse en una mala elección si mientras la realizamos existe otra persona a nuestra espalda.

La defensa personal exige observar la situación completa, no solamente la persona que tenemos delante.

La tradición y la aplicación práctica no son enemigas

A veces se presenta una oposición entre artes tradicionales y defensa personal moderna, como si estudiar kata y ryūha significase inevitablemente permanecer anclado en situaciones que ya no existen.

No comparto esa visión.

Cuando estudiamos una tradición debemos respetar aquello que estamos aprendiendo y no modificarlo constantemente para adaptarlo a nuestras preferencias, porque de otro modo dejamos de estudiar esa tradición y empezamos simplemente a inventar nuestro propio sistema.

Sin embargo, respetar una forma no significa ejecutarla sin intentar comprenderla.

Tenemos que estudiar qué nos está enseñando sobre distancia, equilibrio, estructura, dirección, iniciativa y utilización del cuerpo.

Después podemos comprobar cuánto de todo ello continúa funcionando cuando el compañero se mueve de una forma menos previsible.

No necesitamos convertir un kata antiguo en una pelea moderna.

Necesitamos comprender suficientemente bien sus principios para reconocerlos fuera de la forma exacta en la que los aprendimos.

Ahí es donde tradición y aplicación dejan de parecer cosas separadas.

Una buena formación debería reducir nuestra necesidad de pelear

Cuantos más años pasa una persona entrenando, menos necesidad debería sentir de demostrar que sabe hacerlo.

Con el tiempo uno comprende mejor lo fácilmente que una confrontación puede salir mal, porque conoce las consecuencias de una caída, entiende lo rápido que puede producirse una lesión y sabe que incluso una situación aparentemente sencilla puede cambiar en pocos segundos.

Por eso considero que evitar una pelea no es una señal de debilidad.

Muchas veces demuestra exactamente lo contrario.

Hace falta más autocontrol para marcharse cuando alguien intenta provocarnos que para permitir que esa persona decida por nosotros cuál será nuestra siguiente acción.

Las artes marciales deberían proporcionarnos más posibilidades, pero también más criterio.

Si entrenamos durante años y cada vez sentimos una mayor necesidad de demostrar nuestra capacidad, probablemente hemos aprendido técnicas, pero quizá no hemos comprendido demasiado bien la finalidad de nuestra práctica.

Entonces, ¿considero Kobukan Kobudō un buen sistema para defensa personal?

Sí, porque el entrenamiento proporciona una base amplia para aprender a utilizar el cuerpo frente a diferentes problemas físicos y porque no nos limitamos a trabajar solamente una distancia o una única forma de contacto.

Aprendemos a desplazarnos.

Aprendemos a golpear.

Trabajamos frente a agarres.

Estudiamos controles y proyecciones.

Aprendemos a caer.

Trabajamos en el suelo.

Utilizamos armas tradicionales que nos obligan a comprender mejor la distancia y el timing.

Además, conforme avanzamos, el compañero deja de proporcionarnos siempre exactamente aquello que esperamos y empezamos a trabajar con mayor resistencia e incertidumbre.

Todo esto puede ser muy valioso para la defensa personal.

Pero nunca diría a un alumno que por practicar Kobukan está preparado para cualquier situación, porque nadie puede garantizar algo semejante.

La capacidad de protegernos depende del tiempo que llevemos entrenando, de nuestra condición física, de nuestra experiencia frente a resistencia, de nuestra capacidad para percibir peligro, de nuestra respuesta ante el miedo y, sobre todo, de las circunstancias concretas que encontremos.

Incluso una persona muy preparada puede equivocarse.

Incluso una técnica correcta puede llegar tarde.

Incluso alguien con muchos años de entrenamiento puede encontrarse en una situación que supera sus posibilidades.

Comprender esto no debilita nuestra práctica.

La hace mucho más seria.

Cuando una persona comienza a entrenar conmigo, no intento convencerla de que dentro de unos meses podrá enfrentarse tranquilamente a cualquiera que encuentre en la calle, porque no creo que esa sea una enseñanza responsable.

Prefiero que vaya construyendo poco a poco una mejor postura, una forma más eficiente de moverse, una comprensión más profunda de la distancia y una capacidad cada vez mayor para conservar cierto control cuando las cosas dejan de suceder exactamente como esperaba.

Después seguimos añadiendo dificultad.

Permitimos que las técnicas fallen.

Estudiamos por qué han fallado.

Corregimos.

Volvemos a probar.

Y repetimos ese proceso durante años.

Con el tiempo, el alumno deja de depender exclusivamente de una respuesta memorizada y empieza a comprender mejor lo que está ocurriendo delante de él.

Para mí, ese cambio es mucho más importante que conocer cien técnicas diferentes de defensa personal.

Una persona preparada no necesita tener una respuesta prefabricada contra cada ataque imaginable, porque ninguna colección de técnicas podría cubrir todas las situaciones posibles.

Necesita algo más profundo: debe ser capaz de mantener una cierta estructura, percibir la distancia, comprender el movimiento, adaptarse cuando su primera solución falla y, sobre todo, conservar suficiente claridad para decidir cuándo actuar y cuándo marcharse.

Ese es el valor que encuentro en Kobukan Kobudō aplicado a la defensa personal.

No nos ofrece invulnerabilidad y nunca debería prometerla.

Nos ofrece un proceso de aprendizaje prolongado en el que vamos conociendo mejor nuestro cuerpo, entendiendo la distancia, trabajando bajo grados crecientes de resistencia y descubriendo nuestras propias limitaciones.

Después de muchos años de práctica, uno termina comprendiendo que la verdadera seguridad no nace de creer que puede vencer a cualquier persona.

Nace de saber con mayor claridad qué puede hacer, qué no debería intentar y cuándo la mejor decisión consiste simplemente en no entrar en la pelea.

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