General

¿Es necesario el Randori en Kobukan Kobudō Renmei?

Abierto hace 2 hÚltima actividad hace 2 h 0 respuestas 3 vistas

15 sept 2026, 05:36

Cuando hablamos de randori dentro de Kobukan Kobudō Renmei conviene empezar por una idea que considero fundamental, porque con demasiada frecuencia se entiende el randori como una especie de combate libre cuyo propósito consiste en comprobar quién es capaz de imponerse al otro, cuando en realidad, si está bien planteado, su función debería ser muy distinta y mucho más útil para el desarrollo del practicante.

Desde mi punto de vista, el randori es beneficioso y, llegado un determinado momento del aprendizaje, también necesario, pero solamente cuando existe una base técnica suficiente y cuando el practicante comprende que no está entrando en un ejercicio para ganar, sino para descubrir qué ocurre con su taijutsu cuando desaparece una parte de la cooperación y empiezan a aparecer resistencia, incertidumbre, movimiento y decisiones que ya no estaban previstas de antemano.

Durante los primeros años de entrenamiento necesitamos construir, porque no podemos pedir a un alumno que actúe libremente dentro de un sistema que todavía no comprende, del mismo modo que no tendría sentido pedir a alguien que improvise música antes de haber aprendido a manejar su instrumento. Primero hay que conocer el cuerpo, aprender a desplazarse, controlar la postura, entender la distancia, desarrollar ukemi, adquirir estabilidad y empezar a comprender cómo se relacionan nuestras acciones con las del compañero, y solamente después podemos comenzar a retirar poco a poco aquellas condiciones que facilitaban el aprendizaje.

Por eso, cuando alguien me pregunta si el randori es necesario, mi respuesta no puede limitarse a un simple sí o no, porque lo verdaderamente importante no es únicamente hacerlo, sino saber cuándo introducirlo, para qué utilizarlo y hasta qué punto debe modificarse en función del nivel de quienes están entrenando.

Antes de poner a prueba algo, primero hay que construirlo

Un alumno que acaba de comenzar todavía no dispone de las herramientas necesarias para beneficiarse plenamente de un randori libre, porque en cuanto aparece presión tiende a recurrir a lo que su cuerpo ya conoce de manera instintiva, y eso normalmente significa endurecer los hombros, agarrar con demasiada fuerza, empujar, tirar, contener la respiración y utilizar una cantidad de fuerza muscular que oculta precisamente aquello que estamos intentando enseñarle.

No considero que estas reacciones sean extrañas ni negativas en sí mismas, porque forman parte de la respuesta natural del cuerpo cuando todavía no existe confianza técnica, pero sí debemos entender que, si las dejamos dominar demasiado pronto el entrenamiento, pueden convertirse en hábitos difíciles de corregir posteriormente.

Por esa razón trabajamos primero kihon, kamae, tai sabaki, distancia, equilibrio, controles básicos, ukemi y los diferentes elementos que permiten que el cuerpo vaya adquiriendo una forma de moverse más adecuada, porque el objetivo no consiste únicamente en aprender técnicas aisladas, sino en ir transformando poco a poco la manera en que el practicante utiliza todo su cuerpo.

Cuando durante una clase insisto una y otra vez en que un alumno no tire únicamente con los brazos, que desplace primero el cuerpo, que ajuste la distancia o que no permita que sus hombros se eleven bajo presión, no estoy corrigiendo pequeños detalles estéticos, sino aspectos que más adelante determinarán si aquello que está aprendiendo puede mantenerse cuando la situación deje de ser cómoda.

El kihon y el kata proporcionan precisamente ese espacio en el que podemos detenernos, repetir, observar, sentir y corregir sin que la urgencia por imponernos al compañero destruya la calidad del aprendizaje.

El kata no existe para fingir una pelea

Uno de los errores más habituales consiste en juzgar el kata como si pretendiese reproducir exactamente una situación de combate real, porque desde esa perspectiva siempre parecerá demasiado ordenado, demasiado conocido y, en muchos casos, demasiado cooperativo.

Sin embargo, esa crítica parte de una interpretación equivocada de su función.

Cuando trabajamos un kata necesitamos que uke proporcione unas condiciones suficientemente claras para que podamos estudiar aquello que la forma quiere mostrarnos, ya sea una determinada entrada, una forma concreta de kuzushi, una relación de distancia, una manera de ocupar el espacio o una secuencia de acciones cuya lógica solamente puede comprenderse después de muchas repeticiones.

El hecho de que uke conozca lo que va a ocurrir no convierte el ejercicio en inútil, del mismo modo que un músico no considera inútil practicar lentamente una escala simplemente porque sabe qué nota viene a continuación, ya que precisamente esa repetición controlada permite detectar errores que quedarían ocultos si desde el principio intentase tocar a máxima velocidad.

Con el kata ocurre algo semejante, porque nos permite observar con precisión aquello que queremos estudiar y, sobre todo, nos da la oportunidad de repetirlo hasta que determinadas acciones dejan de depender completamente del pensamiento consciente y empiezan a integrarse en el cuerpo.

Ahora bien, también debemos reconocer que el kata, por sí solo, no responde todas las preguntas que un practicante debería hacerse.

Llega un momento en que el compañero debe dejar de facilitarnos las cosas

Mientras uke coopera plenamente, podemos llegar a creer que estamos produciendo determinados efectos cuando en realidad una parte importante de ellos se debe a que nuestro compañero sabe lo que esperamos de él y, de manera consciente o inconsciente, nos está permitiendo completar la acción.

Esto ocurre con mucha frecuencia en el kuzushi, porque el practicante puede pensar que está rompiendo el equilibrio del compañero cuando en realidad uke está desplazando su peso en la dirección esperada porque conoce perfectamente la técnica.

También puede ocurrir con controles articulares, proyecciones y diferentes formas de desplazamiento, ya que una persona acostumbrada a recibir una determinada técnica sabe cuándo moverse, cuándo ceder y cuándo caer, mientras que alguien que intenta conservar su equilibrio ofrecerá una información completamente distinta.

Por eso considero importante que, cuando el alumno ya ha comprendido razonablemente bien una técnica, empecemos a retirar poco a poco esa cooperación y permitamos que uke recupere activamente su estructura, cambie ligeramente la dirección, varíe la distancia o simplemente deje de proporcionar exactamente la reacción que tori espera.

Es entonces cuando empiezan a aparecer preguntas mucho más interesantes, porque ya no basta con recordar una secuencia, sino que debemos ser capaces de percibir lo que está ocurriendo y adaptar nuestra respuesta sin perder completamente aquello que hemos aprendido.

El randori no debería convertirse en una lucha sin sentido

Cuando utilizo la palabra randori no estoy hablando necesariamente de colocar a dos personas frente a frente y decirles que hagan cualquier cosa hasta que una consiga derribar, controlar o superar a la otra, porque ese tipo de ejercicio, aunque puede tener su lugar en determinados contextos, no es la única forma de trabajar libremente ni necesariamente la más útil para todos los niveles.

Podemos construir el randori de muchas maneras diferentes, aumentando progresivamente la libertad a medida que aumenta la competencia del practicante, de modo que el alumno pueda enfrentarse a dificultades reales sin perder por completo la calidad técnica que estamos intentando desarrollar.

En una primera fase, por ejemplo, podemos permitir únicamente determinados ataques mientras tori trabaja desplazamiento, distancia y posicionamiento, y posteriormente podemos añadir agarres, resistencia, cambios de dirección o la posibilidad de que uke recupere activamente el equilibrio.

También podemos limitar las respuestas de tori para obligarle a trabajar un principio concreto, podemos comenzar desde posiciones desfavorables, podemos establecer un determinado rango de intensidad o podemos modificar la velocidad sin aumentar todavía demasiado la resistencia.

Todo esto sigue siendo randori en el sentido que me interesa, porque el elemento fundamental no es que exista una lucha total, sino que aparezca un grado creciente de incertidumbre que obligue al practicante a percibir, decidir y adaptarse.

La resistencia nos dice la verdad

Hay momentos en los que un instructor puede explicar un concepto muchas veces y, aun así, el alumno no termina de comprenderlo hasta que lo siente directamente en su propio cuerpo.

La resistencia tiene precisamente ese valor, porque nos muestra con una claridad difícil de ignorar cuándo estamos utilizando demasiada fuerza, cuándo nuestra estructura es deficiente o cuándo nuestra posición no nos permite aplicar correctamente aquello que pretendemos hacer.

Si para controlar a una persona de tamaño similar necesitamos realizar un esfuerzo desproporcionado, probablemente existe algo que debemos revisar, aunque durante el kata la técnica parezca limpia y técnicamente correcta.

Puede tratarse de la posición de los pies, de la dirección de nuestra fuerza, de la falta de kuzushi, de una distancia inadecuada o simplemente de que estamos intentando solucionar con los brazos aquello que debería estar resolviendo todo el cuerpo.

La resistencia no necesita explicarnos dónde está el error, pero nos indica con mucha honestidad que existe uno, y a partir de ahí tenemos que regresar al estudio técnico para descubrir su origen.

Esta es una de las razones por las que considero tan valioso el randori, porque obliga al practicante a confrontar la diferencia que existe entre saber cómo debería funcionar una técnica y ser realmente capaz de aplicarla cuando las condiciones dejan de estar completamente a su favor.

Cuando una técnica falla empieza una parte muy importante del aprendizaje

Durante los primeros años es completamente normal pensar en términos de técnicas concretas, porque necesitamos referencias claras que nos permitan organizar el aprendizaje y comprender qué estamos intentando hacer en cada momento.

El problema aparece cuando nos aferramos a una técnica incluso después de que la situación haya cambiado.

Si estamos intentando realizar un control y uke modifica su posición, recupera el equilibrio o introduce una resistencia que cambia completamente la dirección disponible, insistir en terminar exactamente aquello que habíamos imaginado puede obligarnos a utilizar fuerza innecesaria y, además, puede hacernos perder oportunidades mucho más interesantes.

Uno de los signos de evolución dentro del entrenamiento aparece precisamente cuando el practicante empieza a aceptar que una técnica puede desaparecer en mitad del movimiento y que eso no significa que haya fracasado, sino simplemente que debe leer de nuevo la situación.

La fuerza que nos bloquea hacia una dirección puede abrir otra, el intento de uke por recuperar su equilibrio puede crear un nuevo kuzushi y una entrada incompleta puede transformarse en una posición diferente desde la cual aparezca otra posibilidad.

Cuando empezamos a comprender esto, dejamos poco a poco de pensar en las técnicas como unidades cerradas y empezamos a entender relaciones entre movimiento, distancia, estructura y dirección.

El randori puede acelerar enormemente ese proceso porque nos obliga a responder a lo que realmente está ocurriendo y no únicamente a aquello que habíamos previsto.

El randori también muestra nuestra relación con la fuerza

Otra de las cosas que aparece inmediatamente cuando aumentamos la presión es nuestra tendencia a endurecernos.

Mientras practicamos lentamente podemos sentirnos relajados y creer que estamos utilizando bien el cuerpo, pero cuando el compañero comienza a resistir, nuestra respiración cambia, los hombros se elevan, las manos agarran con demasiada tensión y empezamos a intentar resolver cualquier dificultad utilizando fuerza muscular.

Este fenómeno es completamente normal, pero precisamente por eso debemos observarlo.

La verdadera relajación no se demuestra cuando todo sucede como esperamos, sino cuando somos capaces de mantener una estructura funcional y una respiración razonablemente tranquila mientras alguien intenta dificultarnos la acción.

Cuando observo a un alumno haciendo randori me interesa mucho más esto que comprobar cuántas técnicas consigue completar, porque un practicante que logra imponer varias acciones utilizando fuerza y rigidez puede estar desarrollando menos que otro que todavía falla algunas técnicas pero empieza a mantener mejor su postura, su movilidad y su capacidad de adaptación.

No quiero ver una colección de técnicas

Cuando dos alumnos realizan randori no estoy esperando que me muestren todo lo que conocen, ni me interesa especialmente que intenten encadenar la mayor cantidad posible de técnicas en poco tiempo.

Lo que quiero observar es cómo utilizan aquello que ya han aprendido cuando las condiciones empiezan a cambiar.

Quiero ver si mantienen la postura cuando reciben presión, si siguen desplazándose correctamente, si utilizan los pies en lugar de permanecer estáticos, si entienden cuándo la distancia es adecuada y si saben reconocer el momento en que una técnica ha dejado de tener sentido.

También quiero comprobar si son capaces de abandonar una mala posición sin entrar en pánico, si continúan respirando cuando el ritmo aumenta y si pueden responder sin bloquearse mentalmente cuando aquello que esperaban no sucede.

Estas cualidades me parecen mucho más importantes que realizar una técnica espectacular, porque muestran que el practicante está comenzando a desarrollar algo que no puede reducirse simplemente a memoria técnica.

El ego aparece con mucha facilidad

El randori también tiene una función que no siempre se menciona y que, desde mi punto de vista, resulta especialmente interesante, porque pone rápidamente al descubierto la relación que tenemos con nuestro propio ego.

Cuando una técnica deja de funcionar porque el compañero resiste, algunas personas sienten inmediatamente que están siendo cuestionadas y responden aumentando la fuerza, acelerando el movimiento o intentando demostrar que pueden terminar la acción de cualquier manera.

El compañero suele reaccionar del mismo modo y, en pocos segundos, el ejercicio deja de ser una herramienta de aprendizaje para convertirse en una pequeña competición personal.

En ese momento hemos perdido gran parte del valor del randori.

No estamos allí para defender una imagen de nosotros mismos, sino precisamente para descubrir aquello que todavía no sabemos hacer bien.

Si una acción falla, quiero que el alumno se pregunte por qué ha fallado, qué ha cambiado en la posición del compañero y qué habría podido hacer de manera diferente, porque esa actitud produce aprendizaje, mientras que intentar imponer la técnica por orgullo únicamente refuerza malos hábitos.

Uke debe resistir con inteligencia

Trabajar como uke también requiere experiencia, porque ofrecer una resistencia útil no significa sabotear constantemente cualquier intento del compañero.

Un buen uke sabe adaptar la dificultad al nivel de la persona con la que está trabajando y comprende que su función consiste en proporcionar información, no en impedir cualquier aprendizaje.

Cuando tori está descubriendo una técnica, uke debe permitir que pueda sentir su estructura y comprender su lógica, pero conforme el movimiento comienza a asentarse puede aumentar progresivamente la dificultad, recuperar su equilibrio, modificar su postura y obligar a tori a trabajar de una manera más honesta.

Esta evolución convierte a uke en una parte activa del proceso pedagógico, porque el compañero deja de ser simplemente alguien sobre quien practicamos y pasa a convertirse en una fuente constante de información.

Además, trabajar con personas diferentes resulta especialmente valioso, ya que un compañero pesado nos obliga a comprender mejor la estructura, uno rápido nos exige mayor precisión en el maai y otro con mucha experiencia puede detectar nuestras intenciones antes de que hayamos terminado de ejecutarlas.

Randori y competición no son lo mismo

También considero importante separar claramente el randori de la competición, porque aunque ambos pueden contener oposición y trabajo libre, sus objetivos no tienen por qué ser los mismos.

En una competición existen reglas, puntuaciones y condiciones de victoria, y esas condiciones terminan influyendo inevitablemente sobre la manera en que el practicante entrena, porque cualquier sistema competitivo favorece aquello que funciona mejor dentro de su propio reglamento.

El randori que utilizamos como herramienta de aprendizaje puede ser mucho más flexible, porque no necesitamos determinar quién ha ganado ni quién ha perdido.

Podemos detener la acción en cualquier momento, repetir una situación, modificar las condiciones, invertir los papeles o limitar determinadas respuestas si queremos estudiar algo concreto.

Esto nos permite trabajar con mucha más libertad pedagógica y adaptar cada ejercicio a aquello que el alumno necesita desarrollar.

Además, cuando practicamos tradiciones que contienen técnicas destinadas a contextos históricos muy diferentes, debemos recordar que no todo puede ni debe aplicarse literalmente durante un intercambio libre, porque existen acciones dirigidas a zonas vulnerables, controles articulares peligrosos y diferentes formas de lesión que no podemos completar sin poner en riesgo al compañero.

El control, por tanto, no reduce el realismo del entrenamiento, sino que hace posible que podamos estudiar determinados principios sin destruir precisamente aquello que nos permite continuar entrenando.

No todo kata tiene que convertirse en randori

Otro error sería pensar que cada kata debe poder reproducirse exactamente bajo resistencia para demostrar que es válido.

No comparto esa forma de entender las ryūha.

El kata conserva información dentro de un contexto concreto y, en muchas ocasiones, ese contexto incluye armas, distancias, condiciones históricas o intenciones que no pueden trasladarse literalmente a un randori moderno.

Pretender convertir cualquier kata en una secuencia de sparring puede terminar deformando aquello que estamos intentando estudiar.

Lo que sí podemos comprobar son muchos de sus principios, porque podemos observar si nuestra distancia es adecuada, si nuestro desplazamiento permite ocupar una posición ventajosa, si entendemos el kuzushi, si mantenemos estructura bajo presión o si somos capaces de adaptar una determinada idea cuando la situación cambia.

El objetivo no consiste en obligar al randori a parecerse al kata, sino en descubrir si los principios que hemos aprendido dentro de la forma siguen apareciendo cuando desaparece parte de la cooperación.

Más velocidad no significa necesariamente más realismo

Existe también una tendencia a pensar que aumentar la velocidad convierte automáticamente un ejercicio en algo más real, cuando en realidad podemos realizar una secuencia completamente previsible a enorme velocidad y seguir sin introducir ninguna verdadera incertidumbre.

Por el contrario, un ejercicio relativamente lento en el que desconocemos la dirección del siguiente ataque puede obligarnos a percibir y decidir de una forma mucho más exigente.

La presión puede introducirse de muchas maneras, porque podemos modificar la velocidad, la resistencia física, la proximidad, la fatiga, la incertidumbre o el número de posibilidades disponibles, y no necesitamos aumentar todas esas variables al mismo tiempo.

Un instructor debe saber qué quiere desarrollar y ajustar el ejercicio en consecuencia, porque si queremos trabajar percepción quizá nos interese aumentar la incertidumbre sin elevar demasiado la velocidad, mientras que si queremos estudiar estructura podemos introducir mayor resistencia manteniendo un ritmo controlado.

Cuando mezclamos todas las dificultades desde el principio, muchas veces el alumno deja de saber qué está intentando mejorar y simplemente trata de sobrevivir al ejercicio.

Randori y defensa personal

Cuando hablamos de defensa personal, el randori adquiere un valor evidente porque nos obliga a trabajar frente a una persona que no permanece completamente pasiva y que puede cambiar su posición, recuperar su equilibrio o impedir que hagamos exactamente aquello que queríamos hacer.

Una persona que solamente ha practicado con compañeros cooperativos puede desarrollar una percepción poco realista de lo sencillo que resulta controlar a alguien que realmente intenta evitarlo.

Sin embargo, tampoco debemos caer en el extremo contrario y afirmar que hacer randori reproduce una agresión real, porque una situación de defensa personal incluye factores que ningún ejercicio de dōjō puede recrear completamente sin poner en riesgo a quienes participan.

En una situación real pueden aparecer sorpresa, miedo, terreno irregular, objetos, armas, varias personas, consecuencias legales y numerosas variables que no existen de la misma manera dentro del entrenamiento.

Por eso considero el randori una herramienta importante para la defensa personal, pero no una garantía, porque nos ayuda a desarrollar adaptación, tolerancia a la presión y capacidad de decisión, aunque sigue formando parte de un entorno controlado.

Hacer demasiado randori demasiado pronto también puede ser un error

A veces se escucha la idea de que cualquier técnica debe probarse inmediatamente bajo una resistencia elevada para comprobar si es realmente útil, pero desde mi experiencia esa forma de entrenar puede producir más problemas que soluciones cuando el alumno todavía no dispone de una base suficiente.

Si no sabe mantener correctamente su estructura, una gran resistencia probablemente no le enseñará a colocar mejor el cuerpo, sino que le obligará a compensar sus errores utilizando todavía más fuerza.

Si todavía no comprende la distancia, aumentar demasiado pronto la velocidad puede provocar que empiece a entrar tarde, cerrar los ojos o retroceder de manera desordenada.

La dificultad debe crecer junto con la capacidad del practicante, porque no podemos exigir al cuerpo que conserve una estructura que todavía no ha tenido tiempo de aprender.

Esto no significa proteger al alumno de cualquier presión, sino introducirla de manera inteligente y progresiva.

Pero nunca poner a prueba nada también tiene consecuencias

El problema contrario consiste en permanecer durante años dentro de ejercicios donde todo sucede exactamente como esperamos.

Si uke siempre reacciona igual, siempre cae cuando corresponde y siempre permite que la distancia sea la adecuada, podemos construir una percepción demasiado cómoda de nuestro propio nivel.

Las técnicas comienzan a parecer más efectivas de lo que realmente son y podemos acabar confundiendo la cooperación de nuestro compañero con nuestra propia capacidad.

Por eso, tarde o temprano, debemos permitir que las condiciones cambien.

Tenemos que descubrir si nuestra postura sigue funcionando cuando alguien intenta romperla, si somos capaces de encontrar kuzushi cuando no nos lo ofrecen y si nuestro movimiento continúa siendo reconocible como taijutsu cuando dejamos de conocer exactamente qué va a ocurrir.

Esa comprobación mantiene el entrenamiento honesto.

Después del randori hay que volver al kata

Para mí, una de las relaciones más importantes dentro del entrenamiento aparece cuando utilizamos lo que hemos descubierto durante el randori para regresar al kata con una comprensión diferente.

Podemos trabajar una técnica durante meses y creer que comprendemos todos sus detalles hasta que intentamos utilizar uno de sus principios frente a resistencia y descubrimos inmediatamente una debilidad que antes había pasado desapercibida.

En ese momento volvemos a la forma, pero ya no la observamos de la misma manera.

Quizá entendemos por primera vez por qué el pie se coloca en una determinada posición, por qué el desplazamiento tiene un ángulo concreto o por qué una acción que antes parecía meramente formal resulta decisiva cuando uke comienza a resistir.

Entonces regresamos al randori y volvemos a comprobarlo.

Ese ciclo puede continuar durante toda la vida marcial, porque el kata nos proporciona estructura, el randori nos plantea preguntas y después regresamos al kata buscando respuestas que anteriormente ni siquiera sabíamos que necesitábamos.

Entonces, ¿es necesario el randori?

Si entendemos el randori como una herramienta progresiva destinada a introducir resistencia, incertidumbre y adaptación sin abandonar los principios técnicos que estamos intentando desarrollar, considero que sí, porque llega un momento en el que necesitamos saber cuánto de aquello que hemos aprendido permanece presente cuando las condiciones dejan de estar completamente preparadas.

No creo que exista ninguna contradicción entre kata y randori, porque ambos responden a necesidades diferentes y pueden enriquecerse mutuamente cuando se utilizan con inteligencia.

El kata nos permite construir, observar y corregir con una precisión que sería imposible si todo estuviera sometido constantemente a resistencia, mientras que el randori nos obliga a descubrir qué ocurre cuando esa estructura debe sobrevivir dentro de una situación cambiante.

Uno nos proporciona profundidad y el otro nos proporciona honestidad.

Con los años, el objetivo no debería ser acumular cada vez más técnicas ni intentar demostrar que podemos imponerlas en cualquier situación, sino desarrollar una capacidad progresivamente mayor para percibir el movimiento, comprender la distancia, reconocer el equilibrio y responder sin quedar mentalmente atrapados en una solución determinada.

Cuando un alumno empieza a conservar su postura mientras existe presión, cuando puede abandonar una técnica sin desesperarse, cuando deja de intentar resolver cada problema mediante fuerza y cuando aprende a adaptar su movimiento sin perder completamente aquello que ha estudiado, entonces estamos viendo algo mucho más interesante que una simple técnica ejecutada correctamente.

Estamos viendo comprensión.

Por eso, dentro de Kobukan Kobudō Renmei, considero que el randori debe ocupar su lugar, pero ese lugar no está por encima del kata ni separado de él, sino conectado con todo el proceso de aprendizaje, porque primero necesitamos una forma que estudiar, después necesitamos poner a prueba sus principios y finalmente debemos regresar una y otra vez al estudio para seguir corrigiendo aquello que la presión nos ha permitido descubrir.

El randori no debería servir para demostrar quién es mejor dentro del dōjō, sino para mostrarnos con claridad dónde se encuentran todavía nuestras propias limitaciones.

Cuando se comprende de esa manera, deja de ser simplemente un ejercicio de combate libre y se convierte en una herramienta muy valiosa para transformar conocimiento técnico en verdadera capacidad de adaptación.

参加

¿Quieres participar en la conversación?

Crea tu cuenta gratuita de Bumon para responder, reaccionar y seguir los temas del foro.

← Volver a General