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Qué significa entrenar en un dōjō tradicional

Abierto hace 1 mesÚltima actividad hace 1 mes 0 respuestas 1 vistas

27 ago 2026, 04:49

Antes de empezar hoy quiero que dejemos a un lado las técnicas durante unos minutos, porque hay algo que considero necesario comprender si realmente queréis entrenar aquí durante años.

Ya sabéis dónde estáis. Sabéis qué es Shingankan Dōjō y cuál es nuestra relación con Kobukan Kobudō Renmei. Ahora tenemos que hablar de algo diferente: qué significa realmente entrenar dentro de un dōjō tradicional.

Podría parecer una pregunta sencilla.

Venimos, nos ponemos el keikogi, saludamos, entrenamos durante un tiempo y regresamos a casa.

Pero si reducimos el dōjō únicamente a eso, nos estamos perdiendo una parte importante de lo que ocurre aquí.

Un dōjō no es solamente el espacio físico en el que realizamos técnicas. Es el entorno dentro del cual aprendemos a practicar de una determinada manera. La diferencia puede parecer pequeña al principio, pero con los años se vuelve fundamental.

En Shingankan Dōjō la etiqueta, el comportamiento, la manera de observar, la relación con el compañero, la manera de recibir una corrección y la propia actitud ante el aprendizaje forman parte del entrenamiento. No están colocados alrededor de la técnica como decoración.

Forman parte de ella.

Esto coincide con la filosofía que hemos definido públicamente para Shingankan: estudiar, preservar y transmitir las artes marciales tradicionales respetando la identidad de cada ryūha, con el kata como eje del entrenamiento y con valores como respeto, humildad, paciencia, disciplina y constancia formando parte del proceso de aprendizaje.

Quiero explicaros qué significa todo esto cuando entramos realmente en el dōjō.

El dōjō no empieza cuando comienza la primera técnica

Muchos alumnos nuevos piensan inconscientemente que el entrenamiento empieza en el momento en que el instructor dice:

«Vamos a trabajar esta técnica.»

Yo no lo veo así.

El entrenamiento ha comenzado antes.

Ha comenzado cuando entráis.

Ha comenzado con vuestra actitud.

Con la manera en que preparáis vuestro material.

Con la atención que prestáis.

Con la forma en que ocupáis el espacio.

Con la manera en que tratáis a los compañeros.

Con vuestra capacidad para dejar temporalmente fuera aquello que os impide prestar atención a lo que estamos haciendo.

Esto no significa que tengáis que convertiros en personas diferentes al atravesar la puerta.

Tampoco quiero una representación artificial de seriedad.

Podemos hablar.

Podemos reír.

Podemos disfrutar entrenando.

He pasado demasiados años dentro de un dōjō para pensar que entrenar seriamente significa estar permanentemente con cara de funeral.

Pero existe una diferencia entre disfrutar del entrenamiento y no prestar atención.

Cuando llega el momento de trabajar, trabajamos.

Cuando alguien explica, escuchamos.

Cuando un compañero necesita espacio, se lo damos.

Cuando estamos practicando una técnica que puede lesionarle, asumimos nuestra responsabilidad.

Eso también es entrenamiento.

Keiko: no venimos simplemente a hacer ejercicio

Escucharéis frecuentemente la palabra keiko.

La utilizamos para referirnos a la práctica o al entrenamiento.

Pero quiero que, cuando escuchéis esa palabra, no penséis solamente en actividad física.

Naturalmente nos movemos.

Desarrollamos coordinación.

Trabajamos postura, equilibrio, desplazamiento, distancia y control corporal.

El currículo introductorio de Kobukan dedica precisamente sus niveles iniciales al desarrollo del movimiento corporal, la postura, la distancia y los principios fundamentales necesarios para el estudio posterior.

Pero nuestro entrenamiento no consiste simplemente en repetir movimientos hasta cansarnos.

Estamos intentando aprender.

Eso significa que una repetición necesita atención.

Podéis realizar una técnica cincuenta veces y aprender muy poco si las cincuenta repeticiones son exactamente el mismo error realizado sin observarlo.

También podéis realizarla diez veces y descubrir algo importante si estáis prestando atención a lo que ocurre.

Por eso cuando os digo:

«Otra vez»,

no significa simplemente:

«Haz otra repetición.»

Quiero decir:

«Vuelve a entrar en la situación y mira si puedes hacerlo mejor.»

Quizá ahora mantengáis mejor vuestra postura.

Quizá entréis a la distancia correcta.

Quizá dejéis de elevar los hombros.

Quizá no anticipéis el movimiento.

Quizá sintáis por primera vez dónde se encuentra realmente el equilibrio de uke.

Esa es la diferencia entre repetir mecánicamente y hacer keiko.

No estamos aquí para demostrar lo que sabemos

Hay una actitud que puede bloquear muy rápidamente el aprendizaje.

Es la necesidad de demostrar.

Demostrar que somos fuertes.

Demostrar que conocemos una técnica.

Demostrar que nuestra experiencia anterior era buena.

Demostrar que podemos resistir.

Demostrar que sabemos más que nuestro compañero.

Cuando esto aparece, el entrenamiento cambia.

Dejamos de estudiar y empezamos a competir con la situación.

No estoy diciendo que la capacidad marcial no importe. Evidentemente importa. Estamos practicando artes marciales.

Pero durante el aprendizaje hay momentos en los que debemos permitir que una situación exista para poder investigar algo determinado.

Si estamos estudiando una forma concreta y uno de vosotros decide cambiar completamente el ataque porque quiere demostrar que puede impedir la técnica, no hemos necesariamente descubierto que el kata «no funciona».

Quizá simplemente hemos dejado de practicar el ejercicio que estaba siendo enseñado.

Más adelante podemos aumentar la dificultad.

Podemos modificar condiciones.

Podemos estudiar aplicaciones.

Podemos analizar qué ocurre cuando uke reacciona de otra manera.

Pero hay que saber en qué fase estamos.

Este es uno de los motivos por los que el kata ocupa una posición central en nuestro entrenamiento. En la metodología de Shingankan, el kata constituye la estructura desde la cual estudiamos posteriormente los principios y su aplicación práctica.

Primero necesitamos un laboratorio suficientemente estable para observar.

Después podemos cambiar las variables.

Reihō: la etiqueta tiene una función

Ahora quiero hablaros de reihō.

Vais a encontrar diferentes formas de etiqueta durante vuestro entrenamiento, y más adelante dedicaremos un capítulo específico a las normas concretas del dōjō.

Por ahora quiero que comprendáis su propósito.

No quiero que hagáis una reverencia porque «los japoneses hacen reverencias».

Eso sería una comprensión extremadamente superficial.

Tampoco quiero que la etiqueta se convierta en una especie de actuación mediante la que intentemos parecernos a guerreros de otro siglo.

La función del reihō dentro de nuestro entrenamiento es mucho más práctica.

La etiqueta establece una forma de relación.

Nos recuerda que no estamos solos.

Nos recuerda que existe alguien que enseña.

Existe alguien con quien entrenamos.

Existe un espacio compartido.

Existe una tradición que estamos intentando estudiar.

Cuando me preguntaron públicamente por la importancia del reihō en Shingankan, lo expresé de esta manera: la etiqueta crea la actitud correcta para aprender y recuerda constantemente el respeto hacia el maestro, el compañero y la tradición.

Eso es exactamente lo que quiero que entendáis.

No hacemos reihō para parecer tradicionales.

Lo hacemos porque modifica nuestra forma de entrar en el entrenamiento.

Rei no significa sometimiento

También quiero eliminar desde el principio una posible confusión.

Mostrar respeto no significa renunciar al pensamiento.

Una reverencia no significa sometimiento personal.

Ser alumno no significa obedecer ciegamente cualquier cosa que diga una persona porque tenga un grado más alto.

Yo quiero alumnos capaces de pensar.

Quiero que observéis.

Quiero que hagáis preguntas.

Quiero que con el tiempo desarrolléis criterio.

Pero existe una diferencia entre pensar críticamente y rechazar algo antes de haberlo estudiado.

Cuando os enseño una técnica que no entendéis, vuestro primer trabajo no es creer ciegamente en ella.

Tampoco es decidir inmediatamente que está equivocada.

Vuestro primer trabajo es estudiarla.

Probarla.

Observarla.

Escuchar las explicaciones.

Intentar reproducir aquello que se está enseñando.

Y entonces vuestra capacidad de formular buenas preguntas empieza a crecer.

El respeto y el pensamiento crítico no son enemigos.

Un alumno puede ser respetuoso y muy inquisitivo.

De hecho, algunos de los mejores alumnos son precisamente aquellos que, después de trabajar seriamente, formulan una pregunta que demuestra que realmente han estado observando.

Sensei no significa infalible

También vais a escuchar la palabra sensei.

No quiero que construyamos alrededor de ella algo que no necesita existir.

Dentro del dōjō hay una persona responsable de enseñar.

Eso establece una diferencia de función.

El instructor posee más experiencia en aquello que está transmitiendo y asume la responsabilidad de guiar el entrenamiento.

Pero ningún título convierte a una persona en infalible.

Ya os expliqué en el capítulo anterior que yo continúo siendo alumno dentro de Kobukan.

Sigo estudiando.

Sigo revisando.

Sigo recibiendo correcciones.

Precisamente por eso puedo pedir a vosotros que aceptéis correcciones.

No os estoy pidiendo algo diferente de aquello que considero necesario para mí mismo.

Un dōjō tradicional sano necesita una referencia técnica clara, pero esa referencia no debería convertirse en culto a la personalidad.

Estamos aquí para estudiar artes marciales.

No para construir una personalidad alrededor del instructor.

Senpai y kōhai: experiencia y responsabilidad

A medida que avancéis escucharéis también senpai y kōhai.

En términos prácticos, un senpai es alguien que os precede dentro del entrenamiento y un kōhai alguien que se encuentra en una etapa posterior de incorporación respecto a ese practicante.

No quiero que interpretéis esto como una estructura en la que el alumno antiguo tiene permiso para sentirse superior al nuevo.

Para mí debería funcionar justamente al contrario.

Si llevas más tiempo aquí, tienes más responsabilidad.

Conoces mejor el funcionamiento de la clase.

Sabes cómo manejar el material.

Entiendes mejor las normas.

Puedes ayudar a alguien que empieza.

Por tanto, si un alumno nuevo comete un pequeño error porque nadie se lo ha explicado todavía, el trabajo del alumno experimentado no consiste en humillarlo.

Consiste en ayudarlo.

Esto es importante.

La experiencia dentro de un dōjō debería convertirnos progresivamente en personas más útiles para el entrenamiento colectivo.

No en personas que necesitan constantemente demostrar su posición.

Shoshin: conservad algo de vuestra mente de principiante

Existe un concepto que seguramente escucharéis alguna vez: shoshin, la «mente de principiante».

No quiero convertirlo en una frase espiritual bonita.

Tiene una utilidad muy concreta.

El principiante sabe que no sabe.

Por eso mira.

Escucha.

Pregunta.

Compara cuidadosamente lo que hace con aquello que acaba de ver.

Con el tiempo aparece un peligro.

Empezamos a reconocer las técnicas.

«Ah, esta ya la conozco.»

Y en ese momento podemos dejar de mirar.

Eso es precisamente lo que debemos evitar.

Cuanto más tiempo llevéis entrenando, más importante se vuelve conservar la capacidad de mirar algo conocido como si todavía pudiera enseñaros algo.

Porque puede hacerlo.

En nuestra propia metodología insistimos en que el progreso no se mide simplemente por acumular técnicas, sino por profundizar en los principios que contienen. En los niveles iniciales de Kobukan, por ejemplo, se vuelve deliberadamente sobre movimiento corporal, postura, distancia y principios fundamentales porque son la base del estudio posterior.

Un practicante avanzado que cree haber superado los fundamentos tiene un problema.

Los fundamentos no desaparecen.

Se profundizan.

La disciplina no significa dureza absurda

Cuando hablamos de disciplina, algunas personas imaginan inmediatamente gritos, castigos, entrenamiento hasta el agotamiento o la idea de soportar cualquier cosa sin quejarse.

Eso no es lo que quiero decir.

Para mí la disciplina tiene una manifestación mucho más cotidiana.

Llegar y entrenar.

Volver la semana siguiente.

Prestar atención aunque el ejercicio no sea vuestro favorito.

Repetir aquello que todavía no sale.

No abandonar inmediatamente una técnica porque resulta frustrante.

Mantener el trabajo durante meses y años.

He explicado públicamente esta idea diciendo que la motivación cambia, mientras que la disciplina es lo que nos hace regresar al tatami y permite que el conocimiento madure.

Eso es importante porque la motivación inicial es relativamente fácil.

Todo es nuevo.

Cada técnica resulta interesante.

Cada arma despierta curiosidad.

Pero llegará un momento en el que tendréis que repetir algo que ya habéis realizado muchas veces.

Ese momento es mucho más importante de lo que parece.

Porque ahí comenzamos a descubrir si entrenamos solamente por novedad o si realmente queremos aprender.

La constancia transforma el entrenamiento

Podemos tener una clase extraordinaria.

Podéis salir un día pensando:

«Hoy he comprendido muchísimo.»

Perfecto.

Pero una sola clase no construye una práctica marcial.

Lo que transforma vuestro cuerpo y vuestra comprensión es la continuidad.

Pequeñas correcciones mantenidas durante mucho tiempo.

Una postura que mejora.

Un desplazamiento que empieza a resultar natural.

Una caída que deja de producir tensión.

Una distancia que ya no tenéis que calcular conscientemente cada vez.

Una reacción innecesaria que desaparece.

La constancia produce cambios que muchas veces no percibís día a día.

Por eso os decía anteriormente que compararos constantemente con vuestro compañero puede ser poco útil.

Mirad vuestro propio proceso.

Preguntad:

¿Cómo me movía cuando llegué?

¿Cómo recibía una técnica?

¿Cuánto necesitaba pensar cada paso?

¿Qué puedo percibir ahora que antes no veía?

Ahí encontraréis vuestro progreso real.

Entrenar seriamente no significa entrenar violentamente

Este punto es muy importante.

Estamos estudiando métodos marciales.

Algunas técnicas incluyen golpes.

Otras pueden afectar articulaciones.

Puede haber proyecciones, controles, desequilibrios, estrangulaciones o trabajo con armas.

Por tanto, debemos entrenar seriamente.

Pero seriedad no significa falta de control.

Si lesionáis constantemente a vuestros compañeros, no estáis demostrando que vuestra técnica funciona.

Estáis eliminando personas con las que podríais seguir entrenando.

La capacidad de controlar aquello que hacéis forma parte de vuestra habilidad.

Evidentemente existen momentos y ejercicios en los que podemos incrementar intensidad, velocidad, resistencia o presión.

Pero esto debe hacerse de manera adecuada al ejercicio, al nivel y a la persona con la que estamos trabajando.

Un principiante no necesita demostrar valentía permitiendo que le hagan daño.

Y un alumno avanzado no demuestra capacidad abusando físicamente de alguien con menos experiencia.

La seguridad no está en oposición a la eficacia.

Es una condición necesaria para poder seguir estudiando.

La propia formación introductoria de Kobukan presenta los fundamentos como necesarios para desarrollar una práctica segura y efectiva antes de avanzar hacia material más complejo.

Más adelante dedicaremos un capítulo completo a seguridad porque merece explicaciones mucho más concretas.

El dōjō no es una competición

En la metodología de Kōryū que desarrollamos en Bumon, el progreso está centrado en kata, transmisión y evaluación interna, no en competición deportiva.

Esto no significa que despreciemos los deportes de combate.

Quiero ser muy claro sobre esto.

Judo, kendō, boxeo, lucha, BJJ y otros sistemas pueden tener métodos de entrenamiento extraordinariamente exigentes y producir practicantes con capacidades muy reales.

Simplemente utilizan marcos diferentes.

Nosotros estamos estudiando otra cosa.

Por eso no necesitamos juzgar nuestra práctica utilizando constantemente las reglas de una competición que no estamos intentando realizar.

Nuestro compañero no es alguien al que necesitamos vencer durante cada repetición.

Nuestro objetivo inmediato es estudiar.

Esto cambia radicalmente la forma de trabajar.

Si uke gana porque consigue impedir todas las técnicas, ninguno ha aprendido necesariamente aquello que se estaba enseñando.

Si tori necesita utilizar toda su fuerza para obligar a que la técnica salga, tampoco.

Ambos deben comprender cuál es el ejercicio y qué estamos investigando.

Más adelante, a medida que aumente vuestra capacidad, las condiciones pueden volverse más difíciles.

Pero primero construimos las herramientas.

Aprender a ser uke

Muchos principiantes creen que el momento importante del entrenamiento es cuando les corresponde ejecutar la técnica.

Cuando pasan a ser uke sienten que están esperando su siguiente turno.

Quiero que eliminéis esa idea cuanto antes.

Ser uke es entrenar.

Mientras atacáis podéis estudiar vuestra distancia.

Vuestra estructura.

Vuestra intención.

Vuestro equilibrio.

La manera en que reaccionáis.

Podéis sentir directamente lo que hace vuestro compañero.

Cuando trabaja alguien con experiencia podéis recibir información que sería imposible obtener simplemente mirando.

Sentís cuándo desaparece vuestro equilibrio.

Sentís cuándo vuestra estructura ha sido comprometida.

Sentís la diferencia entre una técnica realizada mediante fuerza y otra en la que posición, dirección y timing están correctamente organizados.

Por eso no desperdiciéis la mitad de vuestra clase esperando vuestro turno.

Cuando sois uke, también estáis estudiando.

Más adelante hablaremos extensamente de esto.

Aprender a observar

En un dōjō tradicional no toda la enseñanza llega mediante largas explicaciones.

Hay cosas que tengo que explicar verbalmente.

Otras necesitáis verlas.

Otras necesitáis sentirlas.

Y algunas solamente empezaréis a comprender después de muchas repeticiones.

Por eso tenéis que aprender a observar.

Cuando hago una demostración, intentad no quedaros mirando únicamente las manos.

Es uno de los errores más frecuentes.

Las manos llaman mucho la atención porque suelen realizar la acción visible.

Pero preguntaros:

¿Dónde están los pies?

¿Dónde está el peso?

¿Cuándo empieza a moverse el cuerpo?

¿Qué distancia existe antes del contacto?

¿En qué dirección se desplaza tori?

¿Qué ocurre con uke antes de la parte espectacular de la técnica?

A menudo, cuando uke finalmente cae, la parte esencial del trabajo ocurrió mucho antes.

Al principio no podréis observar todo.

Por eso repetimos las demostraciones.

Y por eso, si no habéis visto algo, no tengáis miedo de mirar nuevamente antes de inventar lo que creéis que ocurrió.

Aprender a sentir

Hay un momento en el desarrollo de un practicante en el que ver ya no es suficiente.

Necesitáis sentir.

Yo puedo explicaros kuzushi.

Puedo hablar de equilibrio durante una hora.

Puedo dibujar líneas.

Puedo mostrar posiciones.

Pero en algún momento necesitáis sentir qué ocurre cuando vuestra estructura empieza a desaparecer.

Lo mismo sucede con la distancia.

O con la presión.

O con una luxación.

O con la dirección correcta de una fuerza.

Por eso el compañero es imprescindible.

Y por eso trabajar con personas diferentes es tan importante.

Cada cuerpo os proporciona información diferente.

Con los años, el cuerpo empieza a reconocer cosas que antes necesitabais analizar conscientemente.

Eso no aparece por magia.

Aparece porque habéis acumulado experiencias correctas.

No busquéis siempre comodidad

El entrenamiento tiene que ser seguro, pero eso no significa que tenga que ser siempre cómodo.

Hay una diferencia.

Aprender algo nuevo puede resultar incómodo.

Una postura diferente puede sentirse extraña.

Moverse sin utilizar vuestra fuerza habitual puede producir frustración.

Caer puede generar inseguridad al principio.

Trabajar con alguien más grande puede obligaros a cambiar vuestra estrategia.

Trabajar con alguien más pequeño puede obligaros a controlar mejor vuestra fuerza.

Todo esto forma parte del aprendizaje.

Si solamente entrenáis aquello que ya os resulta cómodo, probablemente reforzaréis aquello que ya sabéis hacer.

El desarrollo aparece muchas veces precisamente cuando encontramos una dificultad que nos obliga a reorganizarnos.

Eso sí: una dificultad de aprendizaje no es lo mismo que una lesión.

Si algo produce un dolor que consideráis peligroso, se comunica.

No necesitamos demostrar nada soportándolo.

El entrenamiento continúa después del saludo final

Cuando terminamos una clase, el keiko formal de ese día termina.

Pero el aprendizaje puede continuar.

Podéis pensar sobre una corrección.

Podéis anotar aquello que habéis trabajado.

Podéis revisar algunos movimientos básicos cuando sea apropiado.

Podéis estudiar terminología.

Podéis utilizar los materiales complementarios proporcionados por Kobukan.

Los recursos Shokyū de la organización están diseñados precisamente para reforzar la instrucción, revisar lo enseñado durante el entrenamiento directo y mantener coherencia con el currículo.

Lo importante es comprender cuál es la función de cada recurso.

Un vídeo ayuda a recordar.

Un libro ayuda a ordenar información.

Un texto puede proporcionar contexto.

Una clase online puede ampliar vuestra exposición a la enseñanza.

Pero después tenéis que regresar al cuerpo.

Porque las artes marciales se realizan con el cuerpo.

No necesitamos representar el Japón antiguo

Otro aspecto que quiero dejar claro es que entrenar una tradición japonesa no significa fingir que vivimos en otra época.

Somos personas del siglo XXI entrenando en Teruel.

No somos samuráis.

No vivimos en el periodo Sengoku.

No necesitamos construir una fantasía alrededor de nuestro entrenamiento para que tenga valor.

Lo que sí necesitamos es comprender que determinadas artes nacieron dentro de contextos históricos concretos y que esos contextos pueden explicar muchas decisiones técnicas.

La información de Bumon sobre Kōryū destaca precisamente que el contexto histórico permite comprender mejor por qué existen determinadas formas, estrategias y métodos dentro de las escuelas tradicionales.

Por eso estudiamos historia.

No para representar el pasado.

Sino para comprender mejor aquello que ha llegado hasta nosotros.

Hay una enorme diferencia.

Tradición no significa inmovilidad

Tampoco quiero que interpretéis el respeto por la tradición como la obligación de apagar la inteligencia.

Preservar una forma no significa dejar de investigar sus principios.

Precisamente porque estudiamos el kata podemos preguntarnos qué contiene.

Qué está ocurriendo.

Por qué.

Qué sucede cuando cambia la distancia.

Qué cambia cuando uke reacciona.

Cómo se manifiesta un mismo principio en otra circunstancia.

En Shingankan hemos definido nuestro trabajo como estudio, preservación y transmisión sin pretender reinventar cada ryūha, pero también como búsqueda de comprensión profunda de los principios contenidos en el kata y su aplicación práctica.

La diferencia está en el orden.

Primero recibimos.

Después estudiamos.

Después comprendemos mejor.

Y desde esa comprensión podemos investigar.

Lo que intento evitar es empezar por el último paso.

Shugyō: cuando el entrenamiento se convierte en camino largo

También podéis encontrar la palabra shugyō asociada a las artes tradicionales.

No quiero utilizarla de manera exagerada.

No todas las personas que vienen dos veces por semana al dōjō están realizando una especie de ascetismo marcial.

Pero sí existe una idea útil detrás del término: la práctica continuada y exigente a través de la cual una persona se va transformando mediante el propio proceso.

En vuestro caso, esto empieza de una manera mucho más sencilla.

Venir.

Entrenar.

Corregir.

Volver.

Aceptar que algunas cosas tardarán.

Seguir estudiando cuando desaparece la novedad inicial.

Poco a poco el entrenamiento empieza a enseñaros también cómo reaccionáis frente a la frustración.

Cómo manejáis el miedo.

Cómo respondéis cuando alguien os corrige.

Qué hacéis cuando una técnica no funciona.

Cómo tratáis a alguien que sabe menos.

Cómo reaccionáis frente a alguien que sabe más.

Todo eso aparece naturalmente dentro de años de práctica.

No necesitamos inventarle una dimensión mística.

El entrenamiento ya proporciona suficiente material para conocernos si estamos dispuestos a observar.

El ego también entra en el dōjō

Todos tenemos ego.

El problema no es tenerlo.

El problema aparece cuando dirige nuestra práctica.

Cuando no queremos trabajar con un principiante porque creemos que no podemos aprender nada de él.

Cuando hacemos demasiado fuerte una técnica para demostrar nuestra capacidad.

Cuando no aceptamos una corrección.

Cuando necesitamos explicar continuamente a los demás lo que sabemos.

Cuando nos preocupa más parecer buenos que mejorar.

Cuando un grado se convierte en nuestra identidad.

Cuando una pregunta es en realidad una manera de demostrar conocimiento.

Estas cosas pueden ocurrir.

También me han ocurrido a mí en diferentes momentos de mi recorrido.

Por eso debemos vigilarlas.

He conocido practicantes muy capaces técnicamente que dejaron de progresar porque ya no podían aceptar una corrección, y otros con mucha menos facilidad inicial que, gracias a su actitud, continuaron desarrollándose durante años. Es una de las razones por las que en Shingankan considero respeto, humildad, paciencia, disciplina y constancia elementos inseparables de la formación técnica.

No os pido que no tengáis ego.

Os pido que intentéis reconocer cuándo está interfiriendo con vuestro aprendizaje.

Dentro del dōjō todos tenemos responsabilidades diferentes

No todos somos iguales en experiencia.

Eso es evidente.

Un principiante no tiene las mismas responsabilidades que un instructor.

Un alumno avanzado posee conocimientos que un nuevo alumno todavía no tiene.

La jerarquía existe.

Pero una jerarquía técnica bien entendida sirve para organizar la transmisión.

No para establecer el valor personal de los individuos.

Un 5.º Dan no vale más como persona que un mukyū.

Simplemente tiene una responsabilidad marcial diferente.

Un instructor tiene autoridad dentro de la clase porque alguien tiene que dirigir el entrenamiento.

Pero esa autoridad lleva consigo responsabilidad.

Debe cuidar la seguridad.

Debe enseñar con claridad.

Debe continuar estudiando.

Debe reconocer los límites de aquello que sabe.

Debe distinguir entre transmisión e interpretación personal.

Y debe intentar que los alumnos progresen.

Por eso, cuanto más avanzáis, no deberíais pensar solamente:

«Ahora tengo más derechos.»

Deberíais pensar:

«Ahora tengo más responsabilidades.»

El dōjō existe gracias a las personas que entrenan en él

Finalmente quiero que miréis alrededor.

Un dōjō vacío es solamente una sala.

Puede tener tatami.

Puede tener armas.

Puede tener fotografías.

Puede tener diplomas.

Pero sin personas entrenando no hay keiko.

El dōjō existe porque existe una relación de transmisión y práctica.

Un instructor que enseña.

Alumnos que aprenden.

Compañeros que se ayudan mutuamente.

Personas que regresan semana tras semana.

Alumnos avanzados que ayudan a integrar a quienes llegan.

Instructores que continúan estudiando.

Por eso cada persona que entra tiene una pequeña responsabilidad sobre la calidad del entorno.

Vosotros también.

Incluso siendo nuevos.

Podéis contribuir escuchando.

Siendo cuidadosos.

Preguntando cuando algo no está claro.

Avisando si existe una lesión.

Respetando a vuestro compañero.

Intentando realizar lo que se os está enseñando.

No necesitáis años de experiencia para hacer ninguna de esas cosas.

Cuando entréis aquí, venid a entrenar

Si tuviera que resumir esta clase en una sola idea sería esta:

cuando entréis en Shingankan Dōjō, venid a entrenar.

No a demostrar.

No a representar un personaje.

No a coleccionar técnicas.

No a buscar constantemente el siguiente grado.

Venid a entrenar.

Eso significa utilizar el tiempo que tenemos de la mejor manera posible.

Hay días en los que las cosas saldrán bien.

Otros en los que vuestro cuerpo parecerá haber olvidado todo.

Habrá técnicas que entenderéis rápidamente y otras que os acompañarán durante años.

Habrá compañeros con los que trabajaréis fácilmente y otros que os obligarán a replantear lo que hacéis.

Habrá correcciones que comprenderéis inmediatamente y otras cuyo sentido descubriréis mucho más tarde.

Todo forma parte del proceso.

El dōjō os proporciona el lugar.

La tradición nos proporciona el material.

El instructor proporciona orientación y corrección.

El compañero proporciona una realidad física con la que podéis estudiar.

Pero hay una parte que nadie puede hacer por vosotros.

Entrenar.

Esa os corresponde a vosotros.

Cuando comprendáis eso, habréis comenzado a comprender qué significa realmente pertenecer a un dōjō tradicional.

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