Shinden Fudō Ryū: aprender a no estorbar al propio cuerpo
16 sept 2026, 06:17
Hay una corrección que hago con mucha frecuencia cuando trabajamos Shinden Fudō Ryū: «no prepares la técnica».
Normalmente, en cuanto digo esto, el alumno relaja los brazos pensando que me estoy refiriendo a eliminar tensión. No es exactamente eso. Lo que quiero que desaparezca es esa pequeña reorganización que hacemos antes de actuar, casi siempre de manera inconsciente: acomodamos los pies, retrasamos ligeramente una pierna, elevamos las manos, tomamos aire, corregimos la distancia y solamente entonces sentimos que estamos preparados para empezar.
Todo eso puede ser necesario mientras estamos aprendiendo, pero no puede convertirse en nuestra manera definitiva de movernos.
Una agresión no espera a que terminemos de colocarnos. Tampoco lo hace un compañero que trabaja con una intención sincera. Si solamente somos capaces de utilizar nuestro taijutsu después de haber preparado una postura conveniente, entonces nuestra técnica depende demasiado de unas condiciones que nosotros mismos hemos creado.
Shinden Fudō Ryū nos enfrenta continuamente con este problema.
Dentro de Kobukan Kobudō Renmei estudiamos dos grandes vertientes de esta escuela, Shinden Fudō Ryū Dakentaijutsu y Shinden Fudō Ryū Jūtaijutsu, y aunque resulta necesario estudiarlas de manera diferenciada para comprender sus contenidos, nunca me ha parecido acertado verlas como dos mundos separados. Una nos permite profundizar en el uso del cuerpo para golpear, entrar y alterar la estructura; la otra desarrolla el control corporal, el desequilibrio, las luxaciones, las proyecciones y las diferentes maneras de manejar físicamente a otra persona. En ambos casos seguimos teniendo un único cuerpo y una misma cuestión de fondo: cómo utilizarlo sin romper nuestra propia organización mientras intentamos romper la del adversario. Kobukan conserva expresamente ambas vertientes dentro de sus ryūha principales.
Esto último parece obvio hasta que empezamos a observar cómo entrenamos realmente.
Un alumno golpea y sacrifica su equilibrio para conseguir potencia.
Otro realiza una luxación y utiliza tanta fuerza con los brazos que termina inclinándose más que uke.
Otro intenta proyectar y, para conseguirlo, se coloca en una posición desde la que él mismo podría ser derribado con facilidad.
La técnica puede llegar a completarse, sobre todo cuando el compañero coopera, pero el hecho de que algo termine funcionando no demuestra necesariamente que esté bien construido.
Shinden Fudō Ryū nos obliga a ser bastante honestos en ese sentido.
La postura que desaparece cuando realmente la necesitamos
Todos podemos mantener una buena postura cuando nadie intenta alterarla.
El problema empieza cuando llega la fuerza.
En ese momento aparecen nuestros hábitos reales.
Los hombros suben, las piernas se endurecen, bloqueamos las rodillas, inclinamos el torso o desplazamos el peso demasiado lejos hacia una pierna porque queremos oponernos físicamente a aquello que está ocurriendo.
Muchos de estos errores nacen de una idea muy simple: creemos que estabilidad significa no movernos.
No es así.
Si una persona de mayor peso empuja con decisión y nuestra respuesta consiste solamente en endurecernos para demostrar que podemos permanecer exactamente en el mismo lugar, quizá consigamos detenerla durante un instante, pero estamos utilizando una cantidad enorme de recursos para resolver un problema que probablemente admitía una solución mejor.
Además, cuanto más comprometemos nuestra fuerza para impedir el desplazamiento, menos disponibles estamos para cambiar de dirección.
Una estructura útil no es aquella que nunca se mueve.
Es aquella que puede moverse sin desorganizarse.
Ésta es una diferencia que conviene experimentar físicamente porque explicarla con palabras resulta demasiado fácil.
Cuando alguien nos empuja y conseguimos absorber, modificar o redirigir esa presión manteniendo el cuerpo disponible, la sensación no se parece a «resistir». Tampoco sentimos que hayamos cedido de una manera pasiva. Seguimos allí, seguimos teniendo capacidad para actuar y, lo más importante, no hemos entregado nuestro cuerpo a la fuerza del otro.
Para mí, ahí empieza a aparecer algo interesante de Shinden Fudō Ryū.
No en una inmovilidad teatral, sino en la capacidad de no perdernos cuando el cuerpo tiene que cambiar.
No confundamos naturalidad con comodidad
Se habla mucho de naturalidad cuando se explica esta escuela, y esa palabra también puede conducirnos a errores.
Nuestra manera habitual de permanecer de pie no tiene por qué ser una buena postura marcial. Hay personas que cargan continuamente más peso sobre una pierna, adelantan la cabeza, cierran el pecho o dejan caer la pelvis hacia una posición que les resulta cómoda porque llevan años haciéndolo.
Eso también es «natural» para ellas, pero no significa que sea eficiente.
La naturalidad que buscamos ha tenido que ser educada.
Primero corregimos.
Después repetimos.
Más adelante dejamos de pensar en aquello que estamos haciendo.
Un principiante necesita observar dónde coloca los pies porque todavía no tiene una organización corporal suficientemente estable. Con el tiempo, esas correcciones deberían introducirse en su manera ordinaria de moverse hasta que ya no necesite construir conscientemente una postura antes de cada acción.
Esto es importante porque una de las cosas que más me interesa de Shinden Fudō Ryū es precisamente esa progresiva desaparición de la preparación.
Si para golpear necesito adoptar primero una posición específica, todavía estoy anunciando una parte de lo que voy a hacer.
Si para proyectar necesito ajustar previamente tres veces los pies, uke está recibiendo información.
Si para resistir una presión tengo que tensarme antes del contacto, mi cuerpo ha elegido su respuesta demasiado pronto.
Con años de práctica deberíamos empezar a actuar desde la posición que realmente tenemos, no desde la que desearíamos tener.
Ahí la técnica empieza a ser más honesta.
Dakentaijutsu: no golpeamos con una extremidad, golpeamos desde una estructura
En Kobukan, Dakentaijutsu no se presenta simplemente como un conjunto de técnicas de golpeo. El currículo general explica una idea que considero fundamental: utilizar el cuerpo como un «puño», integrando el atemi dentro del taijutsu, no solamente para causar impacto, sino también para abrir, romper equilibrio y enlazar con controles, luxaciones o proyecciones.
Esto merece bastante más atención de la que solemos darle.
Cuando un principiante intenta golpear con potencia, casi siempre comienza pensando en la extremidad.
Si utiliza el puño, piensa en el brazo.
Si utiliza la pierna, piensa en la pierna.
Después intenta acelerar esa parte del cuerpo todo lo posible.
Puede conseguir un impacto fuerte, pero muchas veces el resto de la estructura va detrás intentando alcanzar aquello que la extremidad ya ha hecho.
Cuando empiezo a trabajar Dakentaijutsu con alguien, intento invertir esa relación.
El golpe no debería arrastrar al cuerpo.
El cuerpo debería permitir que aparezca el golpe.
La fuerza empieza en cómo estamos colocados, en cómo utilizamos el suelo, en cómo se desplaza el peso y en si la cadera, la columna y el hombro permiten que aquello que generamos llegue hasta el punto de impacto sin perderse durante el camino.
No quiero ver un gran gesto preparatorio.
Tampoco quiero una tensión permanente.
Quiero que durante un instante concreto todo se organice y, en cuanto ese instante termina, el cuerpo vuelva a estar disponible.
La firmeza debería durar exactamente lo necesario.
Ésta es una diferencia importante porque muchas personas confunden potencia con tensión.
Podemos tensarnos muchísimo y continuar golpeando mal.
También podemos sentirnos relativamente relajados y transmitir una fuerza considerable si la estructura está bien alineada.
El compañero que recibe ambos golpes nota inmediatamente la diferencia.
Uno golpea la superficie.
El otro parece atravesar la posición completa.
El golpe solamente tiene sentido por lo que produce después
Hay otra corrección habitual: el alumno golpea y se queda observando el resultado.
Para mí la técnica todavía no ha terminado.
Un atemi dentro del taijutsu no debería considerarse una acción aislada, porque su verdadero valor depende de lo que ha cambiado.
¿Uke ha perdido su postura?
¿Ha tenido que retirar una mano?
¿Ha girado?
¿Ha cerrado una línea?
¿Se ha creado una entrada?
¿Ha cambiado la distancia?
Si la respuesta a todas estas preguntas es no, quizá hemos golpeado, pero todavía no hemos utilizado correctamente ese golpe dentro de la situación.
Por eso no me interesa enseñar Dakentaijutsu como una colección de impactos separados del resto del movimiento.
El golpe puede ser el principio de una proyección.
Puede crear el desequilibrio necesario para entrar sobre una articulación.
Puede simplemente provocar una reacción que nos permite cambiar de lado.
Y, en algunos casos, naturalmente, el propio atemi constituye la acción principal.
Pero incluso entonces debemos mantener una posición desde la cual podamos continuar.
Si para producir un gran golpe sacrificamos nuestro equilibrio y uke permanece todavía operativo, nos encontramos en un problema.
La potencia no puede comprarse entregando la postura.
Ten no Kata y el peligro de coleccionar movimientos
Dentro de la enseñanza oficial de Kobukan se encuentra actualmente el trabajo de Shinden Fudō Ryū Dakentaijutsu Ten no Kata, transmitido por James Wright Kancho, con ocho formas: Nichi Geki, Gekkan, Fubi, Uryo, Unjaku, Setsuyo, Musan y Karai.
Los nombres deben aprenderse y las formas deben conservarse correctamente, pero nunca me ha interesado que un alumno salga de una clase diciendo solamente que «hoy hemos aprendido tres kata más».
No estamos coleccionando kata.
Estamos utilizando los kata para encontrar cosas.
Cuando trabajamos una forma varias veces, deberíamos llegar al punto en que el orden de sus movimientos deje de ocupar toda nuestra atención. Solamente entonces podemos empezar a mirar aquello que hay debajo.
¿Por qué entramos desde aquí?
¿Qué habría ocurrido si hubiéramos adelantado el pie diez centímetros más?
¿En qué momento pierde uke realmente su capacidad de responder?
¿Es el atemi lo que provoca el kuzushi o el kuzushi ya estaba siendo construido antes?
¿Dónde aparece nuestra propia vulnerabilidad?
Estas son las preguntas que convierten una forma en entrenamiento.
Un kata que solamente repetimos puede volverse muy bonito.
Un kata que investigamos empieza a ser incómodo, porque descubre nuestras carencias.
Y prefiero eso.
Cuando el alumno piensa que una técnica funciona muy bien, a veces simplemente pido a uke que deje de ayudar ligeramente.
No que bloquee todo.
No que convierta el kata en una pelea.
Solamente que mantenga honestamente su postura.
Entonces vemos inmediatamente qué estaba haciendo realmente tori.
Muchas técnicas «perfectas» empiezan a volverse pesadas en cuanto uke deja de proporcionar el desequilibrio voluntariamente.
Eso no es un fracaso.
Es información.
El cuerpo tiene que llegar antes que la técnica
Una de las razones por las que Shinden Fudō Ryū resulta particularmente interesante es que obliga a reconsiderar nuestra relación con la distancia.
Si llegamos demasiado lejos con el brazo, la estructura queda atrás.
Si entramos demasiado profundamente, podemos perder el espacio necesario para continuar.
Si esperamos demasiado, la fuerza del ataque ya está completamente organizada.
No existe una distancia correcta de manera abstracta.
Existe una distancia correcta para aquello que está sucediendo en ese instante.
Por eso el trabajo de los pies nunca puede ser secundario.
Muchas veces observo un problema en las manos y termino corrigiendo los pies.
El alumno piensa que no puede realizar una luxación porque su agarre no es suficientemente fuerte.
En realidad está demasiado lejos.
Otro piensa que su golpe carece de potencia.
Está golpeando cuando su peso todavía no ha llegado.
Otro intenta proyectar utilizando brazos porque sus pies no le han permitido ocupar la posición desde donde la proyección se vuelve natural.
Ésta es una lección que reaparece constantemente en las artes tradicionales: el error visible muchas veces no nace en el lugar donde lo estamos viendo.
Jūtaijutsu: no quiero doblar una articulación, quiero gobernar un cuerpo
Cuando pasamos al Jūtaijutsu, el problema cambia exteriormente, pero la lógica de fondo permanece.
El currículo de Kobukan engloba bajo Jūtaijutsu luxaciones, proyecciones, inversiones, controles, inmovilizaciones y otras formas de grappling corporal.
A menudo el alumno encuentra una muñeca y deja de ver a la persona.
Esto sucede muchísimo.
Consigue un agarre, comienza a aplicar presión sobre una articulación y toda su atención se queda allí.
Observa su propia mano.
Aprieta más.
Intenta obtener dolor.
Mientras tanto, uke todavía puede mover los pies, girar el cuerpo, golpear con la otra mano o simplemente retirar la estructura sobre la que pretendíamos trabajar.
Entonces la técnica se convierte en una lucha entre nuestros brazos y su articulación.
No es eso lo que quiero.
La muñeca es solamente una puerta.
Si la utilizamos correctamente, la posición de la muñeca empieza a influir sobre el codo, el hombro, la columna y finalmente sobre los pies.
Cuando toda esa relación comienza a cambiar, uke ya no dispone de la misma libertad.
El control deja entonces de depender exclusivamente del dolor.
Esto resulta fundamental.
El dolor es una respuesta individual.
Dos personas no reaccionan exactamente igual.
La estructura es otra cuestión.
Si el cuerpo está realmente comprometido, su capacidad mecánica para actuar ha cambiado independientemente de cuánto dolor quiera tolerar la persona.
Por eso intento que los alumnos no persigan dolor.
Quiero que persigan postura.
La proyección empieza mucho antes de que uke toque el suelo
Lo mismo sucede cuando hablamos de nage.
El principiante suele concentrarse en el momento final porque es la parte más visible.
Uke estaba de pie y ahora está en el suelo.
Parece lógico pensar que la técnica consiste en «tirarlo».
Pero cuando la proyección está bien construida, la caída solamente confirma algo que ya había ocurrido.
Uke perdió primero la posibilidad de continuar sosteniendo su estructura.
Puede haber sucedido porque el peso quedó fuera de su base, porque una pierna dejó de estar disponible, porque necesitaba dar un paso y no pudo o porque la parte superior de su cuerpo continuó desplazándose mientras la inferior ya no podía acompañarla.
Si llegamos al final sin haber producido ninguna de estas cosas, tendremos que lanzar físicamente el peso del compañero.
Entonces aparece la fuerza.
Y cuanto mayor sea uke, más evidente será el problema.
Por eso me gusta trabajar con personas de pesos diferentes.
Un compañero ligero puede permitir que mantengamos durante años ciertos errores porque somos capaces de compensarlos.
Uno considerablemente más pesado nos obliga a solucionar el problema de otra manera.
No podemos levantar cada situación.
Tenemos que organizarla.
Aquí Shinden Fudō Ryū vuelve a enseñarnos algo muy útil: no destruir nuestra propia postura mientras destruimos la del otro.
No me interesa que ganes una lucha contra la técnica
Hay momentos durante el entrenamiento en que el alumno consigue terminar algo mediante fuerza y me mira esperando aprobación.
La respuesta no siempre es la que quiere escuchar.
Sí, has conseguido terminarla.
Pero la pregunta es cuánto has pagado.
Si para controlar un brazo has utilizado toda tu fuerza, las dos manos, has inclinado el torso y además has perdido la capacidad de observar el resto del cuerpo de uke, quizá has ganado esa pequeña lucha, pero has empeorado tu posición general.
Esto es algo que conviene entender pronto.
En las artes marciales no siempre debemos medir una técnica preguntándonos únicamente si «funcionó».
También tenemos que preguntar cómo funcionó.
Cuánto esfuerzo utilizamos.
Qué opciones conservamos.
Qué posibilidades dejamos al adversario.
Cuánto tiempo necesitamos.
Qué sucedería si la persona fuese más fuerte.
Esas preguntas son mucho más interesantes.
Dakentaijutsu y Jūtaijutsu se encuentran constantemente
Aunque estudiemos los dos campos por separado, la separación empieza a volverse artificial conforme mejora el taijutsu.
Un atemi genera una reacción y esa reacción permite controlar un brazo.
La luxación cambia la postura y deja una zona disponible para golpear.
Una proyección no termina de aparecer y la nueva posición proporciona otro tipo de entrada.
Uke intenta retirar la extremidad y precisamente ese movimiento nos da una dirección útil.
Ya no estamos pensando: «ahora termina el Dakentaijutsu y empieza el Jūtaijutsu».
Solamente estamos leyendo el cuerpo.
Esto exige haber estudiado antes las herramientas de manera separada.
No podemos integrar algo que todavía no conocemos.
Pero el objetivo tampoco debería ser vivir permanentemente dentro de compartimentos.
Cuando veo a un practicante experimentado, quiero que pueda pasar del golpe al control y del control al golpe sin que el cambio parezca una decisión administrativa.
La situación decide.
Él simplemente reconoce lo que existe.
La fuerza no es el enemigo
También conviene corregir una idea que aparece mucho en las artes tradicionales.
Utilizar fuerza no es malo.
Tenemos músculos precisamente porque el cuerpo necesita generar fuerza.
El problema aparece cuando utilizamos fuerza para sustituir aquello que no hemos sabido resolver técnicamente.
Si mi posición es correcta y además soy fuerte, mejor.
Si mi técnica solamente funciona porque soy más fuerte que uke, tengo un problema.
Ésta es una distinción muy sencilla y, sin embargo, cuesta años incorporarla.
La fuerza debería amplificar una estructura correcta.
No ocultar una incorrecta.
Cuando enseñamos una técnica, por eso, a veces pido reducir la intensidad. No porque quiera convertir el movimiento en algo irreal, sino porque necesito saber qué está produciendo realmente el resultado.
A menor velocidad y menor fuerza, algunos errores se vuelven muchísimo más visibles.
Después aumentamos otra vez.
Si la técnica desaparece en cuanto vuelve la presión, seguimos teniendo trabajo pendiente.
El suelo también nos enseña
Otro aspecto que considero importante es nuestra relación con el suelo.
Nos proporciona estabilidad, pero no debemos convertir esa estabilidad en dependencia.
En un tatami regular resulta relativamente sencillo repetir siempre el mismo paso, el mismo giro y la misma amplitud.
Pero la lógica marcial no puede depender de que el suelo nos conceda condiciones perfectas.
Un terreno irregular, una superficie dura, una pendiente, un espacio pequeño o cualquier obstáculo modifican inmediatamente nuestras posibilidades.
No necesitamos entrenar cada semana en un bosque para comprender esto.
Simplemente debemos evitar construir técnicas que solamente funcionan en una geometría ideal.
El paso puede ser más corto.
La posición puede necesitar adaptarse.
La caída puede no estar disponible.
La dirección puede cambiar.
Lo importante es conservar aquello que hace funcionar la técnica aunque su apariencia exterior tenga que ajustarse.
Esto también pertenece a la idea de naturalidad.
Adaptarse sin perder estructura.
La historia de una ryūha no se aprende solamente leyendo nombres
Shinden Fudō Ryū forma parte del conjunto de tradiciones Takamatsu-den que Kobukan Kobudō Renmei mantiene actualmente bajo la dirección de James Wright Kancho, junto a las demás ryūha que conforman el estudio avanzado de la organización. Kobukan distingue expresamente Shinden Fudō Ryū Dakentaijutsu y Shinden Fudō Ryū Jūtaijutsu dentro de sus sistemas principales.
No considero necesario adornar esta realidad con genealogías que no podamos sostener desde nuestra propia transmisión.
Siempre he pensado que una escuela demuestra su profundidad mucho mejor cuando se entrena que cuando se intenta impresionar al lector mediante antigüedades.
Una ryūha no se conserva porque sepamos recitar una sucesión de nombres.
Se conserva cuando podemos distinguir su manera de utilizar el cuerpo.
Cuando sus kata continúan transmitiéndose.
Cuando sabemos qué principios estamos intentando preservar.
Y, especialmente, cuando somos capaces de transmitirlos a otra generación sin sustituirlos por nuestras preferencias personales.
Esta cuestión es especialmente importante dentro de Kobukan porque existe una distinción consciente entre conservar la forma transmitida y estudiar después su aplicación. La organización utiliza el término densho dori para referirse a ese respeto por la enseñanza documentada, pero al mismo tiempo insiste en que las técnicas deben ser comprendidas también mediante presión, resistencia e imprevisibilidad.
Para mí ambas cosas son necesarias.
No quiero modernizar una ryūha hasta hacerla irreconocible.
Tampoco quiero conservarla como una representación donde uke conoce siempre exactamente lo que debe hacer para que la técnica salga bonita.
Primero debemos saber qué hemos recibido.
Después debemos descubrir cuánto hemos comprendido.
Hay cosas que el kata solamente revela cuando empieza a fallar
Esto puede parecer extraño, pero muchas veces comprendemos realmente un kata cuando deja de funcionarnos.
Mientras todo sale bien podemos repetir durante mucho tiempo sin hacernos demasiadas preguntas.
En cuanto uke mantiene un poco mejor su postura, cambia ligeramente el ángulo o simplemente no reacciona de la manera que esperábamos, aparece un problema.
Entonces tenemos dos posibilidades.
Podemos culpar a uke porque «no está haciendo bien el ataque».
O podemos estudiar.
A veces uke realmente está haciendo mal su función y hay que corregirlo.
Pero otras veces acaba de mostrarnos que dependíamos de algo que no habíamos producido nosotros.
Éste es uno de los momentos más útiles del entrenamiento.
Volvemos a la forma.
Reducimos velocidad.
Miramos los pies.
Comprobamos la distancia.
Buscamos el instante exacto en el que la estructura debería empezar a cambiar.
Después volvemos a probar.
Ese proceso puede repetirse durante años.
No porque seamos incapaces de aprender una técnica, sino porque nuestra capacidad para verla cambia.
Un kata que entendíamos a los treinta años puede enseñarnos algo distinto a los cincuenta, porque ya no tenemos el mismo cuerpo, tampoco hacemos las mismas preguntas y hemos acumulado experiencias que antes no existían.
Ésa es una de las razones por las que nunca considero terminado el estudio de una ryūha.
Lo que observo cuando alguien empieza a comprender Shinden Fudō Ryū
No suele aparecer una técnica nueva.
Aparecen pequeños cambios.
El alumno deja de acomodar los pies antes de actuar.
Golpea desde donde está.
Los hombros empiezan a permanecer abajo incluso cuando aumenta la presión.
Cuando recibe un agarre, ya no mira inmediatamente las manos de uke.
Empieza a sentir dónde está el peso.
Las luxaciones se vuelven menos dolorosas durante el entrenamiento, pero curiosamente controlan mejor el cuerpo.
Las proyecciones parecen más pequeñas porque el desequilibrio ocurre antes.
Y cuando una técnica falla, ya no intenta salvarla desesperadamente.
Eso último me interesa especialmente.
Hay un momento en el que insistir demuestra menos comprensión que abandonar.
Si la estructura ha cambiado y continuamos intentando realizar exactamente la técnica que habíamos decidido, ya no estamos respondiendo a uke.
Estamos obedeciendo nuestra memoria.
Un practicante más maduro puede dejar desaparecer esa técnica sin considerar que ha fracasado.
Mantiene la posición.
Reconoce la nueva situación.
Continúa.
Ahí empiezo a ver algo que me interesa mucho más que una ejecución perfecta.
La verdadera estabilidad no tiene aspecto de estabilidad
Ésta es quizá una de las paradojas más interesantes de Shinden Fudō Ryū.
Cuando una persona empieza a comprender realmente la estabilidad, desde fuera parece menos rígida.
Se mueve con mayor facilidad.
No necesita demostrar que está enraizada.
Puede cambiar los pies.
Puede absorber una fuerza.
Puede entrar.
Puede salir.
Y, sin embargo, resulta cada vez más difícil desorganizarla.
La estabilidad ha dejado de depender de una postura y ha empezado a pertenecer al cuerpo.
Ése debería ser nuestro objetivo.
No aprender una posición desde la que somos fuertes.
Aprender a organizar el cuerpo de manera que podamos recuperar estructura continuamente.
Porque tarde o temprano la postura perfecta desaparece.
Alguien nos mueve.
Tropezamos.
Fallamos una entrada.
Recibimos un impacto.
Nos agarran antes de estar preparados.
En ese instante ya no importa demasiado la postura que hubiéramos preferido adoptar.
Importa lo que somos capaces de hacer desde allí.
Por eso vuelvo tantas veces a aquella corrección con la que empecé:
No prepares la técnica.
No porque debamos actuar de manera descuidada, sino porque el entrenamiento debería llevarnos poco a poco hasta un punto en el que no necesitemos preparar artificialmente aquello que nuestro cuerpo ya sabe organizar.
Cuando esto comienza a ocurrir, Dakentaijutsu deja de parecer una colección de golpes, Jūtaijutsu deja de parecer una colección de luxaciones y proyecciones y Shinden Fudō Ryū empieza a mostrar una unidad que al principio resultaba difícil de ver.
Golpear, controlar, desplazar, recibir una fuerza y proyectar ya no son categorías completamente separadas.
Son distintas expresiones de un mismo cuerpo que intenta conservar su capacidad de actuar mientras reduce la del adversario.
Eso es lo que busco cuando enseñamos Shinden Fudō Ryū dentro de Kobukan Kobudō Renmei.
No una imagen de dureza.
No una postura supuestamente inamovible.
No movimientos misteriosos que debamos aceptar simplemente porque son antiguos.
Busco un cuerpo educado hasta el punto de poder mantenerse organizado sin convertirse en rígido, capaz de generar fuerza sin prepararla de manera evidente, de utilizar la presión del adversario sin someterse a ella y de cambiar de solución sin perder por ello su centro.
Cuanto más avanzamos, menos debería notarse el esfuerzo utilizado para conseguirlo.
Y quizá ahí se encuentre una de las lecciones más difíciles de esta escuela: después de años aprendiendo a hacer técnicas, llega un momento en que tenemos que empezar a retirar todo aquello que nosotros mismos añadimos innecesariamente.
Tensión.
Preparación.
Fuerza excesiva.
Movimientos demasiado grandes.
La necesidad de terminar siempre aquello que habíamos empezado.
Cuando esas cosas van desapareciendo, no queda menos arte.
Empieza a quedar más.
参加
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